domingo, 29 de diciembre de 2013

Spoiler Capítulo 70

-¿Por qué has tardado cinco putos años en darte cuenta?- Le pregunté con un hilo de voz a la vez que me hacía un paño de lágrimas.- ¡¿Por qué esperaste tanto, gilipollas?!- Él me miró estupefacto, sin esperarse esa reacción de mi parte.- ¡¿Sabes lo mal que lo he pasado?! ¡¿Sabes lo mucho que he intentado olvidarte?!- Le di un bofetón tan fuerte que su mejilla se puso roja.

-No vuelvas a hacer eso.- Dijo cuando se tocó el sitio donde había recibido el golpe.

-¡Haré lo que me de la gana! ¡Te lo mereces, hijo de puta!- Comencé a pegarle por todos sitios aunque no tan fuerte como quería. No tenía fuerzas y no lo veía bien por las lágrimas. Aun así, Tom no intentaba defenderse sino que me miraba con su expresión de póquer.- ¡Estúpido egoísta!- Grité tan fuerte que estaba segura de que Georg y Gustav se habrían enterado. De repente, me agarró por las muñecas y las apretó con fuerza.

-¿Te has desahogado ya?- Intenté zafarme de él pero me era imposible.- Si lo hice fue para que fueses feliz y no lo has sido así que prefiero que estés conmigo. Puede sonar egoísta pero me importa una mierda.- Tiró de mí e hizo que nos quedásemos a pocos centímetros el uno del otro.- Te necesito y tú me necesitas a mí.- Sentí escalofríos por todo mi cuerpo cuando lo escuché decir eso. Claro que lo necesitaba, lo amaba. Amaba a Tom tanto que me dolía.

-Dilo.- Me soltó las muñecas y se tensó al instante.- Dilo, por favor.- Cerró los ojos y cogió aire.  


martes, 24 de diciembre de 2013

Capítulo 69

Capítulo 69


By Lilith


Me estaba tirando del pelo aunque dado el tiempo que llevaba haciéndolo, ya no me dolía. ¿De dónde había dicho que venía? ¿París? Sus ojos estaban fijos en mi pelo, cepillándolo y echándole productos para que se viese más bonito o tal vez con algo de vida. Era una mujer alta y estilizada, de unos cuarenta y pocos y con una expresión seria, estirada diría yo. Atendía a las órdenes de mi madre y Mara sin ni siquiera consultármelo aunque si lo hiciera tampoco sabría qué decirle.

Escuchaba los sollozos de mi madre pese a que no podía verla. Llevaba así desde esta mañana y aún quedaban varias horas por delante. Mi abuela y Mara intentaban consolarla pero ésta sólo podía llorar y secarse con un pañuelo más que humedecido. No sabría decir si eran lágrimas de felicidad o no pero lo cierto era que no había parado de llorar y abrazarme en todo lo que llevábamos de mañana.

En pocas horas estaría frente a un altar, de la mano de Louis y a punto de alejarme de los Kaulitz para siempre. Eran mi familia pero no había hueco para ellos si quería proteger a Louis y alejarme de él. De sólo pensarlo ya me ponía mal pero no quería que esos pensamientos me amargasen este gran día. Iba a casarme con un hombre fantástico, que me quería más que a nada y al que no le importaba qué era. ¿Entonces, por qué me sentía así?

-Señorita, tiene un pelo fantástico.- Dijo la estilista con un acento parisino más que reconocible.

-Gracias.- Respondí con una falsa sonrisa en los labios. Llevaba todo el tiempo haciéndonos a mi madre y a mí la pelota... Claro, era ella quien le pagaba.

-Lilith, estás preciosa.- Dijo mi abuela con los ojos vidriosos.

Me miré en el espejo una vez que la estilista me terminó de poner los pasadores en el pelo. Una chica rubia, de cabello brillante recogido y con un flequillo ladeado que no recordaba tener me miraba expectante. Estaba guapa pese a que no estaba aún maquillada. Sería por el buen trabajo que había hecho esa mujer o quizá porque ya no llevaba la Cruz. Fuera lo que fuese, estaba contenta por cómo estaban yendo las cosas.

-Señora, Jean Paul.- Dijo Dorotha tras aparecer por la puerta.

La peluquera parisina quitó sus manos de mi cabeza y me sonrió satisfecha a través del espejo. Ahora vendría el maquillaje para prepararme para este gran día. ¿Seguirían llorando mi madre y mi abuela?

Jean Paul, un chico de unos treinta y con un peinado más que elaborado entró en mi habitación junto a dos chicas. Llevaba un maletín en la mano con lo que supuse sería su set de maquillaje. No eran vampiros como lo era la peluquera sino humanos cuyos crazones latían a una velocidad pausada y armoniosa. Nunca me cansaría de esa magnífica melodía...

El chico no tardó en ponerse manos a la obra a la vez que le decía a las chicas que lo acompañaban qué era lo que necesitaba. Sus manos se movían con destreza sobre mi rostro, untando cremas al rededor de éste. Parecía profesional, tenía que serlo si mi madre lo había contratado para que me maquillase.

-Gracias por venir, Jean Paul.- Dijo mi madre sentada desde el sofá de mi cuarto. Ella ya estaba peinada y maquillada, Mara se había encargado de todo.

-No se preocupe, señora Trümper, hubiese venido aunque tuviese a la mismísima reina de Inglaterra esperando.- Dijo con una sonrisa. Parecía simpático y dulce, se parecía a Nate. Recordaba que no les había hecho mucha gracia la noticia de que me casaba con Louis, se habían puesto serios, al igual que Bill. No había aparecido en todo el día y eso me preocupaba.- ¿Tiene algún estilo en mente, señorita Kaulitz?- Negué con la cabeza y él me sonrió de vuelta. Vaya, demasiado buena persona.- Base.- Una de las chicas le pasó un tarrito de cristal con la base de maquillaje líquida, la cual no tardó en fundir en mi cara.

Movía una especie de brochita con agilidad sobre mis mejillas y frente, con una suavidad impropia de los de mi especie, algo que sólo los humanos poseían. Luego, untó unos polvitos sobre mí y pasó a mis ojos. Un delineador negro cubrió mi párpado superior, perfilando la línea de mis ojos. Algo de sombra de un tono vainilla y rímel. Me gustaba, no se parecía al look cargado que Mara me había hecho.

El colorete dio algo de vida a mis mejillas y un tono rosado en mis labios hizo que pareciera un poco más inocente. La combinación de peinado y maquillaje hacía que me viese mejor, más humana, con algo de vida.

-Estás preciosa, cariño.- Dijo mi madre tras ponerse detrás de mí y cruzar miradas en el espejo.- Muchísimas gracias, Jean Paul.- El chico le sonrió mientras recogía sus cosas y las metía en el maletín.

-Parezco... distinta.- Mi mano se movió temblorosa por mi mejilla. Estaba suave, como de procelana se tratase.

-Aún te falta algo.- Mis ojos se empezaron a aguar y no estaba segura de si era por felicidad.- Se supone que el día de tu boda tiene que ser uno de los más felices de tu vida, cielo. Sin embargo, sigo sin ver brillar tus ojos.- Me levanté del sillón del tocador y fui hasta la ventana. Si seguía viendo a mi madre me pondría a llorar como una magdalena.- ¿Eres feliz, Lilith?- Miré por la ventana. Veía los coches que traían la comida para la fiesta, las flores y toda la decoración.- ¿Lo eres?- ¿Lo era? No, claro que no, pero no era mi felicidad lo que estaba buscando sino la de él.

-No soy yo la que tiene que serlo, mamá.- Su coche estaba aparcado fuera por lo que estaba en casa. Eso hizo que me pusiese nerviosa y comenzase a derramar lágrimas silenciosas.

-¿Qué sentido tiene esto entonces, Lilith?- Se acercó a mí y me limpió con cuidado las lágrimas para no estropear el maquillaje.- El amor es algo hermoso pero también algo horrible. Sólo las personas que son fuertes son capaces de amar.- Yo no era fuerte, no estaba preparada para amar...

-Tengo miedo de que nunca pueda llegar a ser feliz, mamá.- Ella me abrazó con fuerza y yo la rodeé con mis brazos, sedienta del amor incondicional de una madre, una madre que había cometido errores pero que había sabido superarlos.

-Cariño, a veces la felicidad no está en ti sino en personas.- ¿Personas?- Quizá tu felicidad se te está escapando porque eres incapaz de retenerla.- Me alejé de ella y cogí aire.

-O puede que mi felicidad haya encontrado la suya, mamá.- Ella negó con la cabeza y me sonrió.

-Creo que tu felicidad sigue esperándote, Lilith.

-¿Por qué me dices esto ahora? ¿No crees que es un poco tarde?- Le reproché.

-Porque no quiero ver sufrir a mis hijos otra vez. Yo aprendí por las malas y no quiero que eso te ocurra a ti.- Me respondió con esa hermosa sonrisa maternal.

-No hay vuelta atrás, cada uno ha decidido su camino y además...- Me quedé pensando unos segundos si lo que iba a decir era lo más apropiado.- Tú eres el más claro ejemplo de que no saldría bien.- Se puso seria aunque no por estar enfadada sino por recordar una etapa de su vida un tanto oscura.

-Una vez leí que las personas están atadas a otras por un hilo rojo en sus meñiques. Poco a poco ese hilo se hace más corto hasta el punto de que esas dos personas se encuentran.- Agachó la cabeza y se miró las manos y sus largos dedos en donde estaba su alianza.- Yo me esforcé en tirar del hilo creyéndome que esa persona era tu padre pero me equivoqué, esa persona no era él sino Gordon.- Cogió mis manos entre las suyas heladas.- Deja de tirar de tu hilo, Lilith, porque si ambos tiráis el hilo se romperá.- Dudaba mucho que él hubiese tirado del suyo alguna vez.- Deja que sea él quien tire.- Me dio un beso en la mejilla y se fue, dejándome confundida en medio de mi habitación.


[…]


En media hora estaría en el altar de la mano de Tom. Al no tener padre, él debía de llevarme al altar al ser el hermano mayor. Era la condición que había puesto el Consejo para que la ceremonia se celebrase. ¿Por qué sentía que no podía respirar?

Me miré de nuevo en el enorme espejo. Mi vestido blanco se ajustaba a la perfección a mi silueta, dibujando mis curvas y cayendo con delicadeza a partir de mis caderas. El velo nacía en mi cabeza a partir de la pequeña tiara que se sujetaba en mi recogido. Estaba guapa, demasiado para mi gusto pero una vez más, faltaba algo. Ese brillo en mis ojos, esa sonrisa estúpida que resplandecía cuando estaba feliz.

Los pendientes habían sido un regalo de mi abuela Aghata, los mismos que llevó el día de su boda. La tiara había sido de mi abuela Elizabeth, tradición que heredó mi madre y ahora yo. Y el collar... El collar que había elegido pasaba casi inadvertido a los ojos de cualquiera. El cordón era muy fino y lo que colgaba de él era ese pequeño diamante que una vez estuvo en la pulsera que Tom me regaló por mi cumpleaños. Ahora era rojo, estaba manchado de mi propia sangre, la cual se había colado en su interior y ahora no podía sacar. Era bonito, quizás la joya más valiosa que llevaba puesta.

Dos golpes sonaron en la puerta y me tensé al instante. Faltaban quince minutos para que comenzase la ceremonia así que tendrían que ser los encargados de llevarme hasta el recinto preparado en el jardín para ello.

El pomo se giró con cuidado y apareció él. Mis ojos se abrieron como platos al igual que los suyos, acción que intentó disimular en cuanto se dio cuenta. Llevaba el pelo recogido, con esa barba de tres días y vestido de chaqueta. Sí, Tom vestido de chaqueta. Estaba... estaba... simplemente asombroso.

-¿Puedo pasar?- Dijo con un tono de voz frío y oscuro.

-Claro, Mi Señor.- Pasó y cerró la puerta tras sí. Se quedó quieto, observándome con sus penetrantes ojos miel.- Estás... muy guapa.- Le sonreí con desgana.

-Gracias, Señor.- Dio un paso hacia delante que hizo que mis sentidos se pusiesen en alerta.

-Lilith...- Dijo casi en un susurro. Comenzó a caminar hasta mí mientras yo era incapaz de moverme.- Lilith.- Repitió cuando se puso frente a mí.

-Será mejor que nos vayamos yendo, no quiero llegar tarde.- Lo ignoré y caminé por su lado hasta la puerta. Sin embargo, él me detuvo. Me agarró del brazo e hizo que me volviese a mirarlo, sintiendo esas descargas electricas que nacían en su agarre y morían en mi corazón.- Mi Señor...- Dije, mirando su mano temblar sobre mi muñeca.

-¿Eres feliz?- Otra vez esa maldita pregunta.

-Sí, mucho.- Le respondí, incapaz de mirarlo a la cara.

-Mientes.- Me soltó y me agarró la barbilla para que lo mirase.- Mírame y dime la verdad, Lilith.- Lo miré a los ojos, viéndome reflejada en ellos.

-Soy feliz, Mi Señor.- Le respondí, notando como las lágrimas volvían a formarse en mis ojos.

-¡Mientes!- Gritó, tan fuerte que tuve que cerrar los ojos, haciendo que dos pequeños ríos surcasen mis mejillas.- ¡¿Por qué cojones sigues mintiéndome?!- ¡Dios, estaba enfadado!

-¿Va a pegarme... Señor?- Me marcó con la Cruz por no ser feliz así que ahora podría hacer cualquier cosa.

-No...- Me soltó como si se lo hubiese recriminado, como si esa pregunta le hubiese hecho daño.- He... he notado que has estado evitándome.- Me sequé las lágrimas y cogí aire. No sabía a qué venía este repentino interrogatorio pero si segía así... Tenía que poner el muro que había estado construyendo entre nosotros estos últimos días.

-¿Notaste cuando intentada alcanzarte?- Dije con frialdad. Sus ojos se achinaron y su rostro se contrajo.

-No.- Me respondió con la misma frialdad.- Y me arrepiento cada día de no haberme dado cuenta antes.- Di un paso hacia atrás, sintiendo como sus palabras calaban cada vez más hondo en mi corazón.

-Ya es tarde, estoy a punto de casarme.- Se acercó más a mí y esta vez, fui incapaz de moverme.

-A eso me refiero, Lilith. ¿Eres feliz? ¿Quieres hacer esto?- Desvié la mirada hasta el suelo, pensando cómo debía responderle a eso.

-¿Por qué me pregunta eso ahora, Mi Señor?- Dije con un nudo en la garganta.

-Olvídate de las formalidades, Lilith.- Me agarró de los hombros, obligándome a mirarlo de nuevo.- Una vez me dijiste que si yo te decía que no lo hicieses, no lo harías.- Sí, lo recordaba.

Tom, dime que no lo haga y no lo haré.
Una palabra tuya basta para que lo deje todo.

-Eso fue hace mucho tiempo.- Noté como sus manos apretaban más mis hombros, como si temiese a que saliese corriendo en cualquier momento.

-¿Han cambiado?- Me preguntó serio y con algo de miedo en su mirada.

-¿El qué?- Dije confundida.

-Tus... tus sentimientos.- El nudo en la garganta creció y el pellizco de mi barriga se intensificó.

-¿Qué más da? Louis es una persona maravillosa y me quiere muchísimo. Me ha perdonado por no contarle la verdad y sigue ahí pese a que intenté matarlo.- Lo miré directamente a los ojos, hecho que nos contrajo a los dos.- Me preguntaste si era feliz y te dije que no. Si ahora me preguntases te volvería a decir que no y nunca lo seré. Lo he intentado pero no puedo.- Estaba llorando de nuevo frente a él, haciéndome pequeña ante mi hermano.

-Te dejé ir para que fuese feliz y no lo fuiste, es más, sigues sin serlo. ¿Qué sentido tiene esto, Lilith?- Sus manos volaron hasta mi cara y secó con una extraña delicadeza mis lágrimas.

-¡Basta!- Me aparté de él y le di la espalda.- ¡No quiero que me comas la cabeza con tonterías!- Anduve casi corriendo hasta la puerta y sujeté el pomo con fuerza.- Voy a casarme, Tom.- Giré el pomo a punto de salir pero algo me detuvo... Él me detuvo.

-No lo hagas...- Dijo, más bien, suplicó.- No te cases, Lilith.- Apreté aquel trozo de metal con más fuerza, intentando controlar todo el huracán de sentimientos que se habían instaurado en mi pecho.- Sé que no te he hecho feliz y dudo que pueda hacerlo algún día pero, por favor, déjame intentarlo.- ¡Dios! ¡¿Qué estaba diciendo?!

-Deja de jugar conmigo, Tom.- Pese a que le daba la espalda, sabía que me estaba mirando de esa forma que sólo él sabía.

-No estoy jugando, Lilith. Tan sólo intento explicarme a mí mismo cómo debo mirar a la persona que amo y decirme que tengo que alejarme.- ¿Estaba jugando conmigo, verdad? ¿Había dicho que me amaba?- Quiero que seas feliz, Lilith, pero quiero que seas feliz conmigo.- ¿Era consciente de que las lágrimas no paraban de salir de mis ojos?- No puedes cambiarme, poner mi mundo patas arriba y luego irte. Me prometiste que jamás me dejarías de nuevo y dudo mucho que pueda sobrevivir cinco años más sin ti.- Giré el pomo y salí de allí antes de que pudiese decir algo más.

Escuché su grito llamándome antes de cerrar la puerta pero no me detuve. Me agarré el vestido y comencé a caminar rumbo al altar. Estaba claro que esto formaba parte de su plan, un plan para hacerme la vida imposible de nuevo.

¿Por qué iba a querer estar conmigo ahora que tenía a una mujer maravillosa y estaba esperando un hijo? Sin embargo, una voz en mi interior me exigía que me parase. La voz de aquella mujer que me mandó a atacar a Louis lloraba desesperada para que volviese a sus brazos.

No podía hacerlo, no podía creerlo. Esta no era la primera vez que me engañaba pero sí podía ser la última. Vi sus ojos brillantes, deseosos de algo y esas palabras cargadas de... ¿sentimientos? Sí, sentimientos. Era la primera vez que me hablaba de esa forma, la primera vez que decía que me amaba...

Empecé a andar con un rumbo ya marcado a la vez que sujetaba mi vestido blanco inmaculado. Agarré la puerta y la abrí. Me daba la espalda, miraba por la ventana perdido aunque se volvió de inmediato cuando escuchó la puerta.

No me pude contener y salí corriendo en su dirección. Él abrió sus brazos y yo no tardé en refugiarme en ellos, llorando como nunca lo había hecho, rompiendo ese muro entre él y yo.

-Lilith...- Susurró de nuevo mientras me rodeaba con sus fuertes brazos y hundía su cabeza en mi pelo.- Déjame hacerte feliz, creo que puedo hacerlo.- Me separé de él y vi cómo sus ojos miel me calaban hasta en lo más profundo de mi corazón.- ¿Qué haces?- Dijo cuando puse mi mano en su pecho, justo encima de su corazón. Un “bum” casi imperceptible retumbó hasta en mis huesos.

-Cuando lo sientas, entenderás qué es lo que siento por ti.- Dije y él lo entendió. Había sentido el latido de su corazón, algo que sólo yo podía escuchar.- Tom...- Agarré su chaqueta y lo atraje hacia mí.- Hazlo.- Sus ojos se volvieron azules de inmediato. Lo necesitaba, más que yo.

-Lilith...- Agarró la tiara y la tiró en la cama. El velo cayó a mis pies a la vez que él se colaba en mi cuello.- El Vínculo de Sangre se volverá a sellar.- Sus colmillos se clavaron en mi piel con fuerza, sin ningún tipo de miramiento.

Contuve un gemido cuando el sonido de su garganta al tragar y la sensación de sentir mi sangre conquistar su cuerpo despertó mis instintos. Recordaba aquella noche de mi cumpleaños en la que mi madre me había regalado un vestido blanco precioso. En aquel entonces me había dicho que el blanco simbolizaba pureza, algo que yo no poseía.

Aquella noche manché mi vestido de sangre al igual que estaba pasando ahora. Mi vestido de novia blanco se estaba convirtiendo en un precioso vestido rojo. Ese color simbolizaba el pecado, la lujuria, el deseo...


Ese color simbolizaba algo que nos unía a Tom y a mí, algo que traspasaba lo conocido, más que un sentimiento, más que el simple amor... Era el Vínculo de Sangre. 

jueves, 19 de diciembre de 2013

Capítulo 68

Capítulo 68


By Lilith


Por alguna extraña razón había soñado con él. Me había levantado con una angustia en el pecho que no me dejaba respirar, como si eso sirviese de algo. Había visto como me abrazaba con fuerza mientras lloraba desconsoladamente. No sabía cómo mi mente había sido capaz de recrear tan ficticia escena pero lo había hecho y una parte de mí había desaparecido con esa tan horrible pesadilla.

Me levanté de la cama una vez que el Sol se había puesto entre las montañas de Burdeos. Hacía una semana que habíamos vuelto de Cannes, el mismo tiempo que llevaba sin ver a Louis. Quería hacerlo, le debía una explicación después de todo aunque para mí era imposible. Él había dado la orden de que no me dejasen salir de casa de los Kaulitz en Burdeos y como era de esperar, ni siquiera salía de mi habitación.

Andreas o Nate se encargaban de subirme mi ración diaria de sangre ya que era lo único que podía alimentarme, pero no se quedaban ni un minuto. Según Mara, antes era demasiado irresistible para los hombre y ahora que estaba marcada con la Cruz, aún más. Entonces, entendí lo que le había pasado a Bill aunque obvié decírselo debido a esa “relación” tan especial que tenían.

Me decidí a bajar a la cocina. Normalmente cuando se ponía el Sol, no había nadie en casa. Mi madre y Gordon se llevaban a dar una vuelta a Shelly junto con mi abuela y los chicos se iban por ahí. No era así cómo había planeado pasar mi verano. Louis y yo teníamos planes. Él había estado trabajando duro para ahorrar dinero e irnos de vacaciones. Ahora todo se había evaporado como si esa promesa nunca hubiese existido, y la culpa, por supuesto, era solamente mía.

Sin embargo, aunque ahora tuviese delante a Louis, tampoco sobría qué decirle. “Lo siento, soy una vampiresa”, “debí habértelo contado pero tenía miedo de que me dejaras”... Eran buenas frases pero en parte todas tenían algo de mentira. Si no le había dicho nada antes era porque quería olvidar mi pasado y todo lo que tuviera relación con él. Vampiros, Kaulitz, sangre... todo ello me llevaba a aquella noche y preferí obviarlo y por consiguiente, ocultárselo a Louis.

Y ahora esto. Reconocía que la confesión de Eva me había dejado perpleja pero no sorprendida. Era fácil enamorarse de él pese a ser ese ser oscuro y siniestro que podía matarte con tan sólo levantar el meñique. Ella había estado con él durante 5 años, ayudándolo, estando a su lado en los ataques e intentando que volviese a ser el Tom de antes. ¿Y qué había hecho yo? Huir en cuanto las cosas se pusieron difíciles.

Aún recordaba la frase que me dijo en aquella azotea cuando lo conocí. “Huir es de cobardes”. Sí, era una cobarde incapaz de enfrentar sus sentimientos y eclipsada por la complejidad de mi hermano. Siempre dije que entender a Tom era muy difícil pero... ¿Alguna vez lo intenté? Si pensaba en él ahora, sólo recordaba todo lo malo por lo que habíamos pasado, los besos, abrazos y aquellas frases que dejarían de piedra a cualquiera se habían esfumado de mi cabeza.

Por ello, había decidido echarme a un lado, no meterme en su vida nunca más y ser simplemente una vampiresa más bajo su orden. Nada de hermanos, nada de algo más, sólo líder y súbdita. Ese sería mi objetivo a partir de ahora aunque me costase la vida. Me había dado cuenta que si Tom no era feliz, yo tampoco lo era. Podría ser por ese Vínculo que una vez nos unió, por esos lazos de sangre que compartíamos pero fuese lo que fuese, estaba harta de hacernos daño.

Estaba claro que él y yo jamás seríamos como unos hermanos normales, habían pasado demasiadas cosas entre nosotros como para serlo. Entre nosotros ya no había nada, ni siquiera un ápice de complicidad o cómo quisiésemos llamarle, sólo recuerdos, amargos y dolorosos recuerdos.

-Señorita Kaulitz.- Me volví cuando estaba apunto de sacar una botella de sangre del frigorífico. Dorotha, una de las criadas que habían venido de vacaciones con la familia, me observaba sorprendida desde la puerta de la cocina.

-Hola, Dorotha.- Dije, restando importancia a su actitud.

-¿No está en la reunión?- ¿Reunión?

-¿Qué reunión?- Metí la botella en el microondas sin importarme la cara de estupefacción de Dorotha. A este paso se quedarían sin sangre...

-El Señor la ha organizado, por lo visto había una noticia muy importante que debía dar.- No sabía por qué pero mi estómago se había contraído hasta el punto de que la sed se me había quitado.

-¿Qué noticia?- No quería saberlo pero mi subconsciente me traicionaba.

-Algo sobre la unión. Ya sabe, los rumores se han ido acentuando desde hace dos años así que supongo que lo aclarará.- ¿Unión? ¿Por qué no me habían dicho nada?

-¿Sabes dónde es la reunión?- Dorotha pareció dudar unos segundos pero luego cedió.

-En el despacho del Señor pero, por favor, no le diga a nadie que se lo he dicho.- Le sonreí para que se quedase tranquila. Jamás la delataría.

Salí corriendo escaleras arriba como una posesa. La sed se había esfumado y ahora sólo me preocupaba saber qué era eso de la Unión y los rumores que habían corrido sobre ella.

De repente, paré. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿No era eso lo que me había propuesto antes? Alejarme de él, dejadlo hacer su vida lejos de la causante de todos sus males. Esta vez, mi subconsciente al fin había reaccionado. Ya no estaba esa niña estúpida que ponía por encima de todo su felicidad, ahora lo único que me importaba era la suya.

Miré hacía el pasillo cuya puerta final era su despacho. Estaba custodiada por varios guardaespaldas de Tom, entre ellos, Georg y Gustav. El primero me miró e hizo una pequeña reverencia a la que le siguieron todos cuando desviaron la mirada hacia mí. Me seguía pareciendo raro que la gente se inclinase al verme.

Puse rumbo de nuevo a mi habitación. Sobraba decir que la sed había desaparecido y no parecía que fuese a volver en un tiempo. Algo me detuvo. Escuché cómo la puerta del despacho de Tom se abría y como gente empezaba a salir. No quise hacerlo, pero involuntariamente me volví sobre mis pies para contemplar la escena.

Bill y mi madre salían hablando en voz muy baja, ambos con una cara difícil de descifrar. Quise salir corriendo hacia mi habitación pero mis pies se habían detenido. Estaba hierática, sintiendo su enorme presencia inundar toda la casa.

Entonces, salió. Con paso firme y mirada al frente mientras todos le hacían la mayor de las reverencias. Sus ojos se clavaron en los míos con fuerza, llenos de algo a lo que no estaba acostumbrada... y el miedo, el mismo miedo que aquella vez sentí cuando me acorraló en el callejón el día que intenté escapar de esa vida a la que me sumergiría más tarde y de la que no podría salir.

Se acercaba y la respiración se me aceleraba por momentos. Desvié la mirada y me incliné ante él como todos los allí presentes. Recordaba lo que me dijo una vez: “Tú eres la única que no tienes que hacerlo”. Eso era antes, ahora yo era una más o quizá menos que eso.

Vi sus pies pasar por delante sin detenerse, firmes y rudos como su dueño. No sentí su mirada en mí, no había nada que me dijese que Tom estaba pensando en mí y lo agradecía enormemente. De pronto, sentí el sonido de unos tacones tras él, unos tacones negros que ya había visto antes... Los de Eva.

Apreté los puños y me erguí ante su paso, cruzando miradas que podían matar a cualquiera que estuviese en medio. Sus ojos brillaban y su sonrisa perfecta no tardó en florecer para demostrarme lo superior a mí que era. Aceleró el paso y agarró a Tom del brazo, acto al que él no le dio mucha importancia por lo que no sería la primera vez que lo hacía.

Sentí dolor, un dolor infernal en todo mi cuerpo y no estaba segura de si era por la Cruz que cada día me recordaba mi gran error o por la escena que acababa de ver. Dolía pero era reconfortante. Dolía pero necesitaba el dolor para avanzar. Dolía pero me servía para ver que Tom podía ser feliz sin mí... Dolía, dolía mucho.

Comencé a caminar mientras mis piernas me temblaban. Sentía la mirada de mi madre clavada en mi nuca pero no le hice caso. Seguí hasta entrar en mi habitación y deslizarme por la puerta, ahogando un atronador grito. Quería chillar, llorar incluso, pero el motivo lo desconocía. ¿Sería por la Cruz, la sed que se apoderaba de mí, verlos juntos, Louis, o una mezcla de todo?

Me faltaba el aire de nuevo aunque desconocía las razones. Quería gritar pero mi garganta era incapaz de emitir sonido alguno. Las lágrimas pronto tomaron posesión de mí y estallé como si llevase años sin haber llorado de verdad. Me abracé a mí misma y comencé a llorar tan fuerte que mi estómago se contrajo. El dolor era insoportable pero ahí estaba y lo peor era que era incapaz de parar.

No tenía fuerzas para seguir adelante. Todo lo que veía a mi alrededor era dolor y un futuro negro o aún peor... sin él. Yo me había buscado esto sola, me había cansado de luchar por algo que estaba muerto desde que empezó y él lo sabía. Ambos conocíamos las razones por las que estar juntos no nos conduciría a ninguna parte y aun así, seguíamos empeñados en revivir todos los malos recuerdos que nos dejamos el uno al otro.

Ya está. Se había acabado. No más “Tom”, no más “hermanos”, no más “Vínculo de Sangre” y, por supuesto, no más “nosotros”. Todo eso le pertenecía ahora a Eva, una persona que había estado a su lado, que no se había horrorizado al contemplar a aquel monstruo y que había hecho todo lo posible por ayudarle.

Lo pensé durante unos segundos pero no lo dudé. Acerqué mi muñeca a la boca y clavé mis colmillos en mis venas, haciendo que mi sangre brotase a borbotones de ella. Posé la cabeza sobre la puerta y dejé que aquel líquido que estaba trayendo tantos problemas se llevase consigo mi dolor. Cada segundo en la que mi sangre estaba fuera era más relajante. Perdía la noción del tiempo, no me importaba nada que no fuese dejarme llevar por la muerte lentamente.

¿Se cerraría? Las heridas dejaban de cerrarse tan fácilmente cuando estabas marcada con la Cruz, o al menos eso me había dicho Bill. Me parecía bien si no se cerraba así el dolor podría desaparecer para siempre...


[…]


Cuando abrí los ojos estaba en el suelo, rodeada de un enorme charco de sangre, mi sangre. Estaba mareada y muy débil. La herida se había medio cerrado pero seguía ahí, liberando mi dolor lentamente.

Me levanté casi temblando, dispuesta a darme una ducha y a eliminar todo esto de mi cuerpo. Abrí la ducha y me metí, dejando que el agua arrastrase consigo eso color rojo de mi cuerpo. Era incapaz de moverme sin marearme pero sorprendentemente, no tenía sed. Estaba bien, había vuelto a acallar mis instintos una vez más.

Salí de la ducha y me vestí enseguida. Tenía cosas que hacer, quizá la más importante. Puse la toalla húmeda sobre el charco de sangre para que la absorbiera y corrí hasta la ventana, la abrí y salté hacía el exterior.

Burlé a los guardias de seguridad y salí a la calle, corriendo como una posesa. Era cuestión de minutos que se diesen cuenta que me había escapado y diesen la voz de alarma.

Corrí calle arriba hasta su casa y paré de golpe. Las luces de su habitación estaban todavía encendidas pese a que era bien entrada la noche. Posiblemente, no podía dormir... Me acerqué un poco más, pensando en qué decirle cuando lo viese. Una disculpa era lo de menos. Quería estar con él, al menos así me sentía importante para alguien.

Salté de nuevo y me agarré al quicio de su ventana. Estaba abierta, dejando que la brisa del mes de julio entrase por ella. Ahí estaba él, con los ojos cerrados. Los latidos de su corazón estaban tan calmados que suponía que estaría dormido. Entré muy despacio, sin hacer ningún ruido y me senté a su lado en la cama. Quería tocarlo pero se despertaría.

Alguien como yo no se merecía estar a su lado y mucho menos si era incapaz de sentir algo por esa persona que no fuese un “cariño especial”. Podía irme ahora pero necesitaba que me abrazase, sentir el calor de su sangre calentar el frío de mi corazón.

-¿Louis?- Lo llamé en un susurro tal y como solía hacer por las mañanas. Se dio la vuelta, evitando abrir los ojos.- Louis...- Me dio la cara de nuevo y me miró. Se quedó un par de segundos observándome para luego...

-¡Dios!- Se levantó de la cama de un salto y se pegó a la pared casi temblando.- ¡¿Qué haces aquí?!- Buscaba algo con la mirada por toda la habitación a la vez que se ponía más y más nervioso.

-Venía a pedirte perdón por lo que pasó. Debería de habértelo dicho antes, lo siento.- Clavó sus ojos en los míos con una expresión de pena o tal vez lástima.

-No tienes que pedirme perdón por nada. Sé que no ibas a atacarme.- Pareció relajarse aunque se mantenía alerta.

-Lo siento.- Era lo único que podía decirle.

-No, yo lo siento.- Me levanté de la cama, intentando establecer un poco más de contacto con él.

-Tú no tienes que sentirlo.- Le respondí.- Te lo oculté todo este tiempo porque tenía miedo de que te fueras, de que me tuvieses miedo y me dejases. Sin embargo, al no decirte nada es lo que he conseguido.- Mierda. Tenía ganas de llorar de nuevo.

-Lo sabía desde hacía tiempo, Aghata me lo dijo.- ¿Qué?- Un día cuando te esperaba para salir, antes de nuestra primera cita, tu abuela me dijo lo que eras y añadió: “No te atrevas a hacerle daño, Louis, en su corazón ya no hay más piezas que romper­.”- Las lágrimas salían de nuevo, descontroladas y sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.- Elizabeth, pensé que me lo dirías por eso no te lo conté. Esa noche me asusté cuando te vi así, supongo que no estaba preparado para ello.- Dio un paso al frente envalentonado pero yo retrocedí.

-¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Sabes cuánto tiempo he estado buscando las palabras adecuadas para contártelo? ¡¿Tienes una idea de lo mal que lo he pasado?!- Estallé. Louis, al que creí diferente, me había mentido como todo el mundo.

-Esperaba que me lo dijeses, nunca pensé que las cosas llegarían hasta este punto.- Me sequé las lágrimas dispuesta a irme pero Louis me detuvo.- Elizabeth, te pedí matrimonio aún sabiendo lo que eras y mi propuesta sigue en pié. Quería verte pero To...- Se calló de inmediato antes de pronunciar su nombre.

-¿Tom?- Él se toqueteó la cabeza nervioso.- ¡¿Louis, qué te ha dicho Tom?!- Le grité. Otra vez él, entrando y saliendo de mi vida como le daba la gana.

-Me contó todo lo de los Sangres Pura, quiénes sois los Kaulitz y quién es él. Me dijo que te había castigado por intentar atacarme y que eso te mantendría agresiva unas cuantas semanas.- Se sentó en la cama con la mirada perdida en mí.- Me dijo que me avisaría cuándo pudiese ir a verte.- ¿Por qué habría hecho eso?

Dicen que cuando quieres tanto a alguien tienes que dejarlo ir. Yo también me he estado autoconvenciendo de que dejarte escapar fue la mejor decisión que pude tomar. Lo hice para que fueses feliz y la has cagado al intentar morder a Louis. Ese es el motivo por el que te castigo.”


Empecé a llorar de nuevo, más fuerte y con más dolor en mi interior. Louis no tardó en levantarse y abrazarme con fuerza. Lo necesitaba, sentir su calor, el calor de un ser vivo que me reconfortase, de alguien que me veía como algo más que un simple trozo de carne...

Rodeé a Louis con mis brazos y me sumergí en un espiral de emociones. Quería sentir algo más fuerte por él, quizá “amor” aunque eso había dejado de tener sentido para mí. Ya no volvería a ser capaz de amar a nadie y mucho menos de confiar en alguien cuando hasta mi propia familia me había fallado.

La puerta se abrió de golpe. Georg y Gustav entraron apresurados, con los ojos desencajados y a punto de estallar. Louis y yo nos separamos mientras mis lágrimas caían y caían bajo la atenta mirada de los dos guardaespaldas.

-¡Señorita, tiene que volver de inmediato!- Los miré asustada aunque consciente de lo que había hecho. Me había escapado de casa cuando Tom había dado orden de que no me dejaran salir.- ¡Vamos!- Louis me agarró del brazo y me besó ante ellos.

-Te quiero, no lo olvides.- Me sonrió como siempre y yo sólo pude devolver una sonrisa fingida y culpable por no sentir lo mismo por él.

Gustav pidió mi aprobación con la mirada y tiró de mí. Llevaba un guante blanco en la mano que me sujetaba. Nadie podía tocar a un Sangre Pura, es más, nadie podía tocar a Lilith... Estábamos callados, ninguno se atrevía a mencionar palabra. Iba a volver a verlo, enfadado y con los ojos rojos como el fuego pero estaba tranquila. Eso me serviría para alejarme más de él, para que me odiase y se fuese.

Llegamos hasta la casa y comenzamos a subir las escaleras. Íbamos a su despacho y pese a que estábamos lejos, ya podía notar el ambiente cargado y lleno de su aura oscura.

Dos de los guardaespaldas que estaban en la puerta la abrieron y su imagen se alzó ante mí. Estaba sentado en un sillón de terciopelo rojo, con mirada desafiante y cansada. Mi madre, Gordon, Bill y ella, subida en esos tacones de vértigo.

Gustav me soltó y se fue junto con Georg después de hacer una reverencia al demonio de ojos miel. La puerta se cerró a mi espalda y entonces lo supe, era el comienzo del fin... Hice lo que cualquiera hubiese hecho en mi lugar y me incliné ante él. La mesa de su despacho había desaparecido por lo que me sentía más indefensa que nunca, sin tener nada que me protegiera de su ira.

Escuché el sillón crujir y sus pasos acercarse a mí. Me veía incapaz de levantar la mirada y erguirme, no hasta que él me lo ordenase. Se colocó frente a mí aunque yo sólo pudiese ver sus pies. Las piernas habían empezado a temblarme del miedo, no sería capaz de mantenerme en pié mucho tiempo.

-Te voy a hacer una simple pregunta y espero que me la respondas.- Dijo frío y amenazador.- ¿Quién mierda te crees para salir a follarte a ese humano sin mi permiso?- Levanté la cabeza y lo miré directamente a los ojos. Frunció el ceño, no se lo esperaba.

-No sabía que tenía que pedir permiso para follar... Mi Señor.- Sonrió de esa manera falsa y soberbia que hacía gala en muchas ocasiones. Estaba perdida, me estaba buscando una buena pero era la única opción para que Tom terminase odiándome.

-Tienes que pedirme permiso hasta para cuando se la quieras chupar.- Dios, ni siquiera sabía cómo mantenerle esta conversación sin debilitarme. Este era un juego al que tenía que ganarle, sólo mover ficha para que volviese a su vida con Eva. Levante la vista de nuevo, colándome en la inmensidad de sus ojos miel, oscuros, fríos y muertos.

-Entonces puedes esperar sentado, Tom.- Su mano voló hasta mi mejilla, propinándome la mayor bofetada que nunca nadie me había dado. Caí al suelo incapaz de aguantar semejante fuerza. Sentí como el labio se rompía y un hilo de sangre empezaba a brotar, escurriéndose por mi barbilla.

El olor de mi sangre hizo que todos se removiesen nerviosos en sus asientos o tal vez sería porque ninguno se esperaba que Tom me pegase... Ni siquiera yo podía terminar de creérmelo.

Se puso de cuclillas delante de mí, se relió mi melena en la mano y tiró de ella con fuerza, haciendo que levantase la cabeza y lo mirase. Sus ojos rojos me amenazaban, advirtiéndome que si seguía así probablemente esta no sería la primera bofetada que me llevase. Aun así, sus ojos me seguían mirando con algo de pena, sin esa seguridad que siempre tenía en ellos.

-¡¿Quieres otra puta Cruz, Lilith?!- Gritó tan fuerte que tuve que cerrar los ojos, pensando que me golpearía de nuevo. Maldita sea, otra vez se me había formado el nudo en la garganta.- ¡Respóndeme!- Dijo tirándome del pelo.

-No... No, Mi Señor.- Los ojos se me estaban aguando y no lo podía ver bien.

-Salid de aquí.- Les dijo a todos los que contemplaban semejante escena.- ¡Qué os larguéis, coño!- Todos se levantaron y se fueron. Ninguno se atrevió a reprocharle algo a Tom, nadie dijo nada al respecto, simplemente se fueron, dejándonos a solas.

Cuando la puerta se cerró, me soltó el pelo y se puso de pie. Se volvió a sentar en el sillón rojo, observándome mientras yo era incapaz de moverme del suelo. Era consciente de que había empezado a llorar de nuevo y no era por el dolor. Me sentía humillada, vejada y sucia pero todo era para que él fuese feliz... sin mí.

Seguía mirándome y yo seguía sin poder levantar la mirada del suelo. Si mi dolor era tan fuerte, ¿por qué no estaba llorando sangre? Respiré hondo y me levanté sin mirarlo. Ya le había faltado al respeto una vez delante de todos y me había golpeado, ahora que estábamos solos podría hacerme algo peor.

-¿Sabes qué es la Unión, Lilith?- Negué con la cabeza mientras miraba al suelo. Tom y sus cambios repentinos de tema... ¿No era eso de lo que se había estado hablando durante dos años?- La Unión es cuando un Sangre Pura y una noble se unen.- Desconocía el motivo pero mi sangre estaba empezando a hervir en mis venas.

-¿Por qué debería saberlo, Mi Señor?- Dije con un tono desafiante.

-Porque pronto asistirás a una.- Lo miré a los ojos sorprendida. Me observaba serio y frío pero con ese “algo” que transmitía una sensación cálida tan impropia de él. Me quedé pensando de quién podría ser...

-¿Bill y Mara?- Pregunté confundida. Tom sonrió de medio lado, helándome la sangre.

-No, Lilith, la mía.- Mi cuerpo se bloqueó, la vista se me nubló y la batalla de miradas que teníamos Tom y yo se rompió en mil pedazos.- Me voy a unir a Eva.- Concluyó. Me quedé mirando al suelo durante un par de segundos, intentando procesar esa información que mi cerebro negaba reconocer.- ¿No dices nada?- Me levanté del suelo, sacando fuerzas de donde no me quedaban, y me sequé la sangre que seguía saliendo de mi labio. Lo miré, me miró y le sonreí.

-¡Enhorabuena!- Le sonreí y él achinó los ojos tal y como siempre hacía cuando quería meterse en mi cabeza.- ¿Cuándo es?- Seguía manteniendo mi sonrisa de falsa felicidad a la vez que sus penetrantes ojos se colaban en lo más profundo de mi corazón, el cual estaba destrozado por su culpa.

-Lo más pronto posible.- Dejó caer.

-Me alegro.- Dio un paso hacia delante pero esta vez no retrocedí.

-¿Te alegras?- Afirmé con la cabeza sin apartarle la mirada. Me agarró por los hombros con fuerza, haciendo que millones de escalofríos recorriesen todo mi cuerpo, algo que sólo Tom podía conseguir.- No te entiendo. No logro entender qué cojones pasa por tu cabeza, Lilith.- Su tono de voz frío había desaparecido. Me hablaba como cuando estábamos juntos. Iba a terminar derrumbándome en sus brazos si seguía así, ni siquiera estaba segura de que pudiese aguantar las lágrimas por mucho tiempo.

-No intente entenderme, Mi Señor. Yo tampoco puedo hacerlo...- Le contesté. Su mirada seguía repasando todo mi rostro, en busca de algo que sólo él parecía saber.

-¿Te casarás con Nate?- Apretó más las manos sobre mis hombros a la espera de mi respuesta.

-¿Sólo si obtengo vuestro permiso, Mi Señor?- Le pedí a cualquier Dios que me estuviese escuchando que me dijese que no aunque sabía que él nunca diría eso. Quería verme lejos de él, yo era un estorbo... ¿Por qué iba a decirme que me quedase a su lado?

-¿Qué es lo que quieres tú?- Me preguntó con un débil destello en sus ojos. “¡A ti!” Gritó mi subconsciente pero, por suerte, Tom no podía oírlo.

-Sólo quiero ser feliz.- Respondí con un nudo en la garganta.

-Entonces, cásate con él.- Me soltó de los hombros y se volvió de nuevo, dándome la espalda en dirección al sillón.- Es una orden, Lilith, desobedéceme y estás muerta.- Se sentó y dejó caer su cabeza sobre el respaldar del sillón.

-Sí, Señor.- Hice una reverencia que me costó la misma vida. Mi cuerpo luchaba por no salir corriendo hacia él y rogarle que no me dejase. Sin embargo, mi mente clamaba que eso era muy egoísta y que Tom también merecía ser feliz con una persona que realmente supiera estar ahí en sus momentos más difíciles.

-Vete, necesito descansar.- Me incliné ante él una vez más aunque Tom no pudiese verme ya que tenía los ojos cerrados.

Abrí la puerta y salí de allí. Empecé a correr como una posesa por las escaleras y los largos pasillos hasta mi habitación. Quería gritar de ese inmenso dolor que cada vez se hacía más y más grande. Era extremadamente doloroso ver cómo la persona a la que amas se aleja cada vez más de ti porque tú la apartas. ¿Pero había otra solución?

Alcancé mi cuarto a toda prisa antes de que empezase a llorar de nuevo. Lo hice y allí estaba él, clavado en el centro de mi habitación, mirándome con esa dulzura oscura en su rostro y esa triste sonrisa.

Corrí hacia él y me refugié en sus brazos. Las lágrimas no tardaron en salir, lágrimas de sangre que empezaron a manchar su camisa lentamente. Me abrazó tan fuerte que sentí como los huesos de mi cuerpo crujían. Lloraba desconsolada, sin apenas poder respirar. Me ahogaba en mi propia agonía y todo porque aunque quisiera que Tom fuese feliz, todo mi ser lo necesitaba para seguir “viviendo”.

-Ya está.- Empezó a acariciar mi pelo y yo a desmoronarme entre sus brazos.- Lilith, hay algo más que debes saber.- Miré a Bill expectante de más información aunque no estaba segura de si quería saberlo.- Eva está embarazada.- Todo el cuerpo empezó a temblarme y la punzada en mi barriga que creí olvidada, volvió a mí.

-No...- Me aparté de Bill con la cara desencajada.- ¿Em... Embarazada?- Él asintió débilmente, con miedo a mi reacción.

Se acabó, se había acabado definitivamente. Veía a Tom alejarse cada vez más de la mano de una diosa morena y yo sólo podía quedarme ahí, observando cómo todo desaparecía ante mis ojos.

El embarazo de Eva le daría a Tom lo que necesitaba, un heredero. Yo estaba fuera de esta historia para siempre en la que él y ella habían comenzado de nuevo. Mientras mi alma de deshacía en pedazos, una parte de mí suspiraba aliviada. Tom al fin tendría la vida que se merecía y por la que tanto había sufrido.

-¿Lilith?- Me llamó preocupado mi hermano al ver mi reacción.

-Estoy... estoy bien, es sólo que no me lo esperaba.- Fingí una sonrisa que pareció tranquilizarlo.- Creo que al fin ambos podremos ser felices.- Comencé reírme ante la mirada de Bill. No, quería llorar pero me había quedado sin lágrimas que derramar.- Estoy tan feliz de que este sufrimiento al fin haya acabado, Bill. No quería casarme sintiendo que dejaba a Tom estancado en el pasado. Ahora sé que ha empezado de nuevo y eso me tranquiliza.- Y era cierto aunque una parte de mí rogase estar entre sus brazos.

-Bien...- Dejó escapar aliviado.

-Puedes decirle a Tom que he ido a ver a Louis, no quiero que se enfade de nuevo.- Le di un beso en la mejilla a Bill y salí disparada fuera de mi habitación.

Comencé a caminar sin rumbo fijo, guiada por el torbellino de sensaciones que estaban mi interior. Ni siquiera fui consciente de dos hombres de seguridad que me abrieron la puerta principal ni de las miradas de aquellos que se escondían entre los árboles para salvaguardar ese sitio lleno de monstruos.

Empecé a correr una vez que salí de casa de los Kaulitz. Corría sin saber dónde ir, simplemente quería liberar toda la tensión que mantenía en mi cuerpo. Había empezado a llover con fuerza, tal y como acostumbraba por estas fechas del verano cuando algunas tormentas se colaban entre las montañas de Burdeos, cosa que ayudó a que la sangre se limpiase de mi rostro.

La lluvia golpeaba mi cara y sentir el agua deslizarse por mis mejillas hizo que mis lágrimas volviesen a salir. No entendía por qué lloraba si estaba feliz de que Tom rehaciese su vida con alguien que lo entendía y estaba ahí siempre para él. Entonces... ¿Por qué lloraba?

Algo me detuvo. Una presencia conocida inundó mis sentidos. Sin darme cuenta había llegado al centro de Burdeos. La gente caminaba con paraguas, salvaguardándose de aquella violenta tormenta. Y allí la vi. Caminaba apresurada con una carpeta sobre la cabeza. Aunque estaba lejos podía oír el sonido de sus tacones golpear el suelo con prisa. Era hermosa, no me extrañaba nada en absoluto que Tom se hubiese fijado en ella.

Me quedé parada, dejando que la lluvia me empapase más si cabía y observando a aquella criatura moverse con torpeza entre los paraguas. En un instante, desapareció de mi vista. La busqué con la mirada entre los personas que caminaban ajena a la chica mojada que los observaba.

¿Dónde se había metido? Crucé la calle en su busca sin apartar la mirada del último sitio donde la había visto. Escuché su voz lejana y mis sentidos me alertaron de que algo no iba bien.

Me escondí ante lo que había visto. Ella estaba en un callejón acorralada por unos cuatro tíos que intentaban intimidarla.

-¿Dónde decías que ibas, preciosa?- Le hablaban con malicia mientras ella los miraba asustada.

-Vamos, puedes divertirte con nosotros un ratito.- Todos empezaron a reírle la gracia a uno de ellos.

-Tengo prisa, por favor.- Respondió Eva, intentando mantener la calma.

Yo me encontraba escondida tras unos cubos de basura sin saber qué hacer. Podría pasar e irme y hacer como si la cosa no fuese conmigo. Sin embargo, allí estaba parada, sintiendo como todo esa situación me traía a la mente aquella noche en la que Markus me violó. Aún me recorrían escalofríos cada vez que pensaba en ello. ¿Iba a dejar que le hiciesen lo mismo a ella? ¿A la mujer que había rescatado al demonio del mismísimo infierno?

La observé de nuevo, esperando que ella misma se defendiese pero lo único que hizo fue taparse la barriga con las manos... Proteger al ser que vivía en su interior... Sentí su presencia, esa pequeña existencia que me recordó a la de mi monstruito al que por algo tan estúpido perdí.

-Disfrutemos juntos, bombón.- Dos de ellos fueron hasta su espalda y la cogieron mientras los otros dos se frotaban las manos y casi babeaban al tener a esa mujer para ellos.

-Me gusta lo que veo.- Uno de ellos empezó a subirle el vestido. Eva sólo se movía inquieta pero no se defendía. ¡¿Por qué demonios no sacaba sus colmillos?!

-¡Eh!- Salí de detrás del cubo de basura más envalentonada de lo que pensaba aunque por dentro estuviese asustada.- ¡Dejadla en paz!- Pararon al momento y me observaron riéndose. ¿Qué hacía una niñata como yo amenazando a cuatro tíos que me triplicaban en peso y en altura?

-Vaya, vaya... La fiesta se anima.- Uno de ellos, moreno y con una barriga más que prominente caminaba hacia mí tranquilamente y con una sonrisa asquerosa en el rostro.- ¿Tú también quieres jugar, preciosa?- Di un respingo en el sitio. La escena me resultaba tan horriblemente conocida que era incapaz de moverme.

-De... Dejadla en paz.- Le respondí con los nervios a flor de piel. Todos comenzaron a reírse como si lo que hubiese dicho tuviese gracia mientras Eva me miraba interrogante.

-Mira lo que le hacemos a tu amiguita.- Uno de ellos le rasgó el vestido y la dejó en ropa interior. Ella se movía inquieta por cómo ese tío la tocaba pero lo que no entendía era por qué no hacía nada por librarse de ellos.

Llevó una navaja hasta su barriga para arañarla. Los ojos de la doctora se abrieron de par en par a la vez que forcejeaba con el que la tenía sujeta. Corrí hasta él y le aparté el brazo de golpe, haciendo que la navaja se le cayese de las manos. Soltaron a Eva de un fuerte empujón hasta que ésta cayó en el suelo inconsciente.

Quise correr hasta ella pero uno de ellos me agarró por la espalda y me atrajo hacia él. No podía apartar los ojos de Eva, intentando concentrarme en el bebé. No lo sentía, no había rasgo alguno de que estuviese ahí. ¿Y si lo había perdido por el golpe?

-Bien, juguemos entonces, preciosa.- Sus manos empezaron a subir mi camiseta lentamente, deleitándose con la piel que iba apareciendo.- Hermosa...- Añadió. Quise evadir mi mente tal y como hice con Markus o quizá sacar mis colmillos y matarlos aquí mismo pero era incapaz de moverme.- Creo que esto nos sobra.- Cogió la camiseta y la rasgó con el cuchillo. Sus ojos brillaron al ver mis pechos cubiertos por el sujetador.- Creo que la otra puta se quedaba corta.- Dijo riéndose. Su boca se acercó a mis pecho y empezó a darles besos. Me revolví inquieta, intentando escapar de aquella asquerosa sensación que me producía nauseas.

De repente, paró. Sus ojos se abrieron mucho como si hubiese visto algo que le hubiese impresionado. Dejé de sentir al tipo de mi espalda y la presión que hacía sobre mis brazos para que no me moviese. El que estaba casi lamiendo mi escote levantó la vista aterrorizado aunque no le dio tiempo mencionar palabra antes de que una oscuridad inmensa bloquease mi visión.

Una mano me tapaba los ojos y lo único que pude escuchar fue el sonido de la carne humana abriéndose y un tremendo olor a sangre. Esa mano fría ante mis ojos me empujó hasta que mi espalda chocó con alguien...

De un momento a otro empecé a escuchar a millones de personas hablando ajetreadas, acompañadas de sonidos metálicos. La persona de mi espalda me dio la vuelta hasta, lo que supuse, ponerme frente a ella. Destapó mis ojos y allí estaba, con el ceño fruncido, la respiración agitada y con los ojos rojos como el mismísimo infierno de donde provenía.

Mantuvimos la mirada del otro durante un par de segundos en lo que todo a mi alrededor pareció desaparecer. Quería llorar abrazada a él pero mantenía a raya mis sentimientos antes de que mis impulsos tomasen el control de mi cuerpo.

Fue a decir algo pero sus ojos se dirigieron a mis pechos cubiertos con el sujetador rojo que Mara me compró para nuestra “Noche de bodas”. Desvió la mirada y yo aproveché para taparme antes de que la situación se volviese más extraña.

Tom se quitó la americana que llevaba y me la puso por los hombros. Me quedé impresionada ante tal gesto, era la última cosa que me esperaría conociéndolo. Su mirada estaba perdida en mis ojos, compitiendo conmigo en ese juego en el que él siempre ganaba.

Me agarró del brazo y empezó a tirar de mí con fuerza, alejándonos de toda la barbarie que se había creado en cuestión de segundos. Pude ver de reojo trozos de carne esparcidos por el suelo y en las paredes de ese callejón, y cómo un montón de sangre volvía ese sitio más siniestro si cabía.

-Entra.- Habíamos llegado hasta un coche que no era el suyo, negro y con los cristales tintados. Me abrió la puerta aunque yo dudé si entrar era la mejor idea.- No me hagas repetírtelo.- Dijo con la mandíbula tensa.

Entré en el asiento de atrás seguida de él. Cerró la puerta con fuerza y se quedó mirando al frente, más que tenso. Me hacía pequeña por segundos, sintiendo su enfado y su ira inundar el coche. ¿Por qué me había traído hasta aquí?

Coloqué la chaqueta sobre mis hombros, siendo consciente por primer vez de lo mojada que estaba por culpa de la lluvia. Tom también estaba empapado pero no parecía importarle. ¿Cuándo se había quitado las rastas? Su pelo estaba recogido en una coleta suelta y su incipiente barba cubría la tensión de su mandíbula. ¿Dónde estaba el piercing de su labio?

-¿Por... Por qué me ha traído aquí, Señor?- Me miró como una bestia a punto de cazar a un pobre cervatillo. Pegué un bote en el asiento pese a que sus ojos ni siquiera me mostrasen su enfado.

-¿Cuándo vas a dejar de ponerte en peligro?- Desvié la mirada y observé mis manos nerviosa. No me había gritado pese a que sabía que se moría por hacerlo. Quizá la bofetada de antes le habría parecido suficiente...

-No me ha respondido.- Le repliqué.

-Tú a mí tampoco.- Contestó serio.

-Vi que la doctora Bichmann estaba en peligro y fui a ayudarla.- Cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás. Parecía preocupado, cansado incluso.

-¿Ayudarla? No me hagas reír.- Dejó escapar una sonrisa un tanto sarcástica. Era como si así hubiese prendido la mecha que haría explotar la bomba.

-No entendía por qué no sé defendía...- Sentí su mirada traspasar cada poro de mi piel pese a que yo mantenía la cabeza agachada.

-Tiene un dispositivo que alerta cuando está en peligro.- Lo miré sorprendida.- Pulsó el botón y el equipo de seguridad salió de inmediato.- ¡Era por eso por lo que no había hecho nada!- Te recuerdo que está castigado el mostrar lo que somos a los humanos, Lilith.- Tenía sentido. ¡¿Por qué nadie me había dicho nada sobre ese maldito aparato?!

-Lo siento, no lo sabía.- Volví a fijar la mirada en mis manos. ¿Es que no podía dejar de quedar como una gilipollas delante de él?

-¿Por qué lo hiciste?- Lo miré, inexpresivo, oscuro... triste.- ¿Por qué intentaste ayudarla? Esos hijos de puta podrían haberte...- Vi de nuevo como su mandíbula, cubierta por una barba de varios días, se tensaba.

-¿Violado?- Terminé su frase incompleta. Tom se tensó en su asiento y yo medio sonreí, mostrándole que estaba bien.- Ya lo hicieron una vez y salí adelante aunque no podría soportar ver cómo se lo hacen a otra persona.- Apreté su chaqueta entre mis manos. Dolía recordar aquel momento aunque más dolía saber que el que me lo hizo andaba suelto por ahí y en mi busca.

-Pensaba que la odiabas.- Me fijé en su expresión. Miraba al frente, perdido en alguna parte de sus recuerdos.

-¿Por qué debería hacerlo? Le ha ayudado durante todo este tiempo, Señor. Ha sabido estar ahí cuando más lo necesitaba... No puedo odiarla, Señor.- Tom cogió aire y lo soltó como si estuviese tratando controlarse.

-Te arriesgaste, te cogieron y podrían incluso haberte matado...- Se volvió como una fiera y me agarró del brazo con fuerza. Tiró y me acercó a él hasta que nuestros rostros estuvieron a pocos centímetros el uno de otro.- ¡¿Quieres una puta medalla por ello, Lilith?!- Dios, estaba enfadado...- ¡¿Y si te hubiese pasado algo?!- Desvié la mirada, incapaz de mantenérsela.

-Está bien...- Dije con una media sonrisa. Seguía mirándome, de nuevo intentando averiguar qué pasaba por mi cabeza.- No podía permitir que te lo quitasen de nuevo.- Su otra mano agarró mi barbilla y me obligó a mirarlo. Sus ojos eran como dos luces color miel que te hacían perderte en su interior. Podría pasarme días, meses, años mirándolos...

-¿Quitarme el qué?- Dijo casi en un susurro mientras sus ojos se mantenían fijos en mi boca. Tenía tantas ganas de abrazarlo, de besarlo y de decirle que no me dejase nunca. Lástima que fuese imposible.

-A tu hijo.- Sus ojos se abrieron impresionados. Volvía a ver el dolor en ellos, dolor mezclado con rabia e ira.- No lo hice por ella, lo hice por tu hijo.- No decía nada pero ahí estaba, ese pequeño destello en sus ojos que decían que aquel monstruo tenía algo de humanidad.

-Lilith...- Dijo mi nombre de forma calmada, como si le doliese pronunciarlo. Era la mejor melodía que podía llegar a mis oídos, mi nombre saliendo de sus esculpidos labios.- No sé qué demonios hacer contigo.- La mano que sostenía mi barbilla comenzó a bajar lentamente por mi cuello hasta pararse ahí, en mi corazón. Era un gesto que había hecho otras veces y del cual no entendía el significado. Era ese latido que una vez ambos sentimos. Recordaba haber escuchado el latido de su corazón y aquella frase que dije alguna vez: “Cuando lo sientas entenderás qué es lo que siento por ti” ¿Estaba Tom buscando eso? ¿Un latido? ¿Algo que le dijese que aún seguía amándolo?

-¡Señor, la señorita Bichmann pregunta por usted!- Tom pareció salir de su aturdimiento ante la voz de Georg desde fuera del coche.

-¡Enseguida voy!- Gritó Tom sin apartar los ojos de mí.- Tu boda será la semana que viene, mamá quiere hacerlo antes de que volvamos a Alemania.- Me soltó el brazo con ese aura oscura envolviéndolo de nuevo.

-¡¿Qué?!- Le pregunté sorprendida. ¡¿La semana que viene?!- ¿Por... por qué tan pronto?- Tom se colocó bien la ropa y miró a través del cristal.

-Quiero que te cases antes de que lo haga yo.- Me respondió sin cambiar la expresión de su rostro.

-¿Por... por qué?- Me miró y yo me quedé petrificada ante su fuerte mirada.

-Porque quiero perderte de vista lo antes posible, Lilith.- Sentí ese pellizco en mi interior ante su confesión. Dolía pero era por el bien de los dos.

-Lo sé, Señor.- Dije sonriendo, gesto que hizo que frunciese el ceño.- Es lo que yo también deseo.- La puerta de su lado se abrió, dejando a Georg y Gustav observando la escena que ambos protagonizábamos.

-Bien...- Salió del coche a la vez que se colocaba la ropa.- Por cierto, Lilith.- Se volvió y clavó sus ojos en mí.- Gracias.- Comenzó a caminar, dejándome patidifusa ante tal agradecimiento.

Eva apareció de la nada y tras un gesto con la cabeza, se abrazó a Tom con fuerza. Éste no movió ni un ápice de su cuerpo pero no evitó que la doctora lo hiciese con ímpetu. Serían felices o al menos ella ya lo era. Ahora, era mi turno para serlo o intentarlo.

Era irónico. Veía cómo Tom se alejaba de la mano de Eva, esa diosa morena de altos tacones, y era precisamente así cómo lo veía en mi cabeza. Lo peor de todo era que el camino que había emprendido Tom no tenía marcha atrás. Él se uniría a Eva, tendrían un hijo y serían felices juntos.

Vi a Eva volverse a mirarme mientras caminada agarrada del brazo de mi hermano. Sonrió. Sonrió de una manera que me heló la sangre y yo sólo pude quedarme ahí, quieta, preguntándome si Tom era el demonio o si sólo era un alma inocente arrastrada por él.