miércoles, 20 de noviembre de 2013

Capítulo 67

Capítulo 67


By Lilith


-Coge aire.- Hice lo que Bill me dijo y sostuve el oxígeno en mis pulmones. Mi hermano mojó un algodón en yodo y lo acercó a la herida.- ¡Ah!- Grité cuando el líquido me abrasó la piel.

-Has tenido suerte, no es tan profunda.- Dijo cuando lo retiró.

-¿Suerte?- Le pregunté con ironía. Si eso había sido tener suerte, no podía imaginarme cómo de profunda podría ser esta señal.

-Tom es un maldito gilipollas. No se marca a nadie con la Cruz por intentar atacar a un humano. ¡Ni siquiera lo has mordido!- Bill parecía cabreado y no era para menos. Cuando había entrado en la habitación de su gemelo porque olió mi sangre, casi le dio algo. Ni él se creía que Tom hubiese hecho eso, y mucho menos que me hubiese dejado sola cuando mi cuerpo luchaba por asimilar la plata en mi sangre.

-Estoy bien, Bill.- Dije para tranquilizarlo aunque él seguía limpiando la herida sin prestarme atención.- Tom no lo hizo por haber atacado a Louis.- Mi hermano me miró con los ojos abiertos por la sorpresa.- Dijo que me había castigado por no ser feliz.- Él volvió a centrarse en la herida y en taparla para que sanara pronto. Por lo que me había dicho, la plata hacía mucho daño a los vampiros si entraba en contacto con la sangre de éstos por lo que la herida no se cerraría tan fácilmente.

-No tienes la culpa por no ser feliz.- Dijo serio mientras ocultaba la Cruz de mi barriga con una gasa y esparadrapo.- Lo has intentado pero has fracasado al igual que él. Ambos pensasteis que si encontrabais a alguien que llenase el hueco que el otro había dejado estaríais bien, pero sabes qué.- Sus penetrantes ojos miel se clavaron en los míos. Me veía reflejada en sus pupilas aunque no reconocía a la Lilith que me observaba.- Habéis dejado una enorme cicatriz en el corazón del otro y eso, por mucho que intentéis ocultarlo, no va a desaparecer. Lilith, puedes seguir adelante y hacer caso omiso a esa marca en tu interior o puedes observarla y darte cuenta que esa cicatriz es una señal de lo que has vivido junto a la persona que querías.- Afirmé con la cabeza incapaz de pronunciar palabra por el nudo en la garganta que se me había formado.- ¿Qué sentido tiene estar pasándolo mal porque sois incapaces de ver lo que tenéis delante?- Tenía razón. Bill estaba en lo cierto aunque me costase reconocerlo.

-Tom... Me dijo que me había dejado escapar para que fuese feliz. Siempre ha creído que él no era lo mejor para mí. Sé que me quería, que siempre lo ha hecho pese a que era incapaz de reconocerlo. Sin embargo, estar juntos no nos beneficia en nada. Era tremendamente feliz cuando estaba con él, con el simple hecho de que me mirase todo mi mundo se iluminaba pero todo eso pasaba a un segundo plano cuando peleábamos. No sabes lo duro que es que la persona que amas te diga cosas tan horribles.- Bill me abrazó con fuerza mientras las lágrimas se volvían a agolpar en mis ojos.- No creo que pueda llegar a ser feliz de nuevo, Bill.- Comencé a llorar como una niña pequeña, apretando con fuerza la camisa de mi hermano entre mis manos. Dolía decir en voz alta todo lo que durante mucho tiempo me había repetido a mí misma.- Le he fallado a Tom y ahora le he fallado a Louis... Soy un desastre.- Bill se separó de mí y me agarró la cara con ambas manos.

-¡Tú no le has fallado a nadie y tampoco eres un desastre!- Sus pulgares secaron mis lágrimas y los mancharon de rojo. Mis lágrimas volvían a tornarse del color del pecado... Mi color.- Tú y Tom decidisteis estar así porque sois demasiado cabezones para dar vuestro brazo a torcer y Louis es un cobarde porque si amas a alguien da igual lo que sea, permaneces a su lado pase lo que pase.- Esta vez fui yo quien lo abracé. Las palabras de Bill estaban llenas de sabiduría. Él más que nadie conocía lo que se cocía entre nosotros y por ello, era el que más sabía de lo que hablaba.- Mírame, Tom es un puto loco y tú una cabezota sin remedio y, aun así, no os dejaría solos por nada del mundo porque sois mis hermanos y os quiero.- Me alejé de él y lo besé en los labios. No pensé en mucho antes de hacerlo, simplemente quería demostrarle que yo también lo quería.

Bill no tardó en corresponderme y meter su lengua en mi boca. Eso nunca lo habíamos hecho pero no me disgustaba en absoluto. Sus besos eran suaves y pausados, muy diferentes los besos que recordaba de Tom. Se separó un segundo de mí, tiempo suficiente para arrancarse la camisa y volver a devorar mis labios. ¿Qué estaba haciendo? La situación me estaba poniendo nerviosa pero me veía incapaz de detenerlo.

Agarró mis piernas y tiró con fuerza de ellas, haciendo que cayese de espaldas en la cama y él se pusiese sobre mí. Su lengua pasó a tomar posesión de mi cuello, besándolo y lamiéndolo lentamente.

-Bill...- Lo llamé pero parecía no escucharme. Estaba completamente perdido.- Bill, para.- Puse mis manos en sus hombros y empujé pero era en vano. No podía moverlo y esto ya estaba pareciéndome extraño. Sentí como con una mano se empezaba a bajar la cremallera del pantalón y el pánico me inundó.- ¡Dios mío, Bill!- Comencé a forcejear para quitármelo de encima aunque era imposible. Me sentía débil por el maldito dolor que tenía en la barriga debido a aquella marca.- ¡Basta!- Le di un guantazo que lo hizo parar por fin. Respiraba agitado, con los ojos azueles como nunca los había visto en él y con la mirada perdida. Estaba ido, como si no fuese consciente de lo que estaba haciendo. Cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir, dejando que su color natural volviese a ellos.

-¡Dios!- Se quitó de encima mía a toda prisa en cuanto me vio debajo.- Lo... Lo siento, no sé qué demonios me ha pasado.- Me senté en la cama, nerviosa aún por lo que acababa de vivir.

-No... No te preocupes.- Le sonreí para restarle importancia aunque por unos instantes había tenido muchísimo miedo de lo que Bill podría haber hecho.

-Será mejor que me vaya y te deje descansar. No salgas y recuerda que no puede darte la luz del sol.- Se levantó de la cama apresurado, cogió su camisa y me miró.- Lo siento, enana.- Me guiñó un ojo y se fue, dejándome confundida.

¡¿Qué diablos había sido eso?! Por mucho que mi mente intentara comprenderlo había sido la situación más incómoda que había vivido en muchos años. Bill parecía haberse metido de lleno en la situación, como si no fuésemos hermano sino amantes a punto de devorarse el uno al otro. Estaba segura que si no lo hubiese parado, habría seguido hasta el final. No reconocía a mi hermano, al menos no ahora que había estado dispuesto a seguir con lo que había empezado como un beso inocente.

Me recosté en la cama con muchísimo dolor. La Cruz de mi barriga parecía estar quemándome la piel por dentro. Era un dolor tan insufrible que me veía incapaz de soportarlo por mucho tiempo y según Bill, tardaría una semana o dos en irse, hasta entonces tendría que convivir con el dolor, la sed de sangre y las ganas de... sexo. Hasta ahora me encontraba bien y esperaba que continuase así todo el tiempo que la tuviese.

Aún podía oír la música desde mi habitación. La fiesta seguía como si nada, ajena a todo lo que había sucedido en la habitación de Tom. Seguía sintiendo su mirada abrasarme, sus manos en mi cuerpo atravesar mis huesos aunque él hubiese dicho que le daba asco mi cuerpo. No le había creído, es más, ni él mismo se creía lo que había dicho. ¿Por qué lo habría soltado de golpe? Una idea no tan extraña se pasó por mi cabeza... Eva. Era su psicóloga según Bill, no había indicios de que fuera más que eso y un juguete sexual para Tom pese a que mi subconsciente gritase lo contrario. De todas formas, si era algo más para Tom, no me importaba. No había nada entre nosotros salvo una relación líder-súbdita.

Gracias a ese pensamiento puede obtener el valor suficiente para coger mi móvil y mandarle un mensaje a Louis. No sabía qué decirle y mucho menos cómo explicarle lo que había sucedido. Estaba claro que no me contestaría pero le debía una disculpa por el miedo que le había tenido que hacer sentir. Desconocía ese yo tan oscuro, esa parte que me dominaba por completo y de la que no tenía control.

La voz de esa mujer que me llamaba y ordenaba que lo atacase… porque era un hijo de Adán… Nada tenía sentido pero era algo tan profundo lo que me incitaba a hacerlo que me era imposible detenerlo.

Miré la Biblia que Bill me había dado sobre la mesita de noche. Quería leerla pero el dolor que sentía en todo mi cuerpo no me dejaría concentrarme. Lo peor de todo era que la herida no era lo más doloroso sino ese hachazo en mi interior que tardaría siglos en cerrarse, si alguna vez lo hacía.

Lo siento.”


Le di al botón de enviar y apagué el móvil. Le debía una explicación pero me era imposible ya que ni yo sabía que había sucedido exactamente. Era consciente que un “lo siento” no arreglaría mucho las cosas. Le había mentido todo este tiempo, había sido tan egoísta… pese a que había recibido todo de él.

Cogí aire y me levanté de la cama. Me sentía mucho más ligera pese al dolor aunque caminase con un poco de dificultad pero no tanto como imaginaba. Quería salir de habitación y bajar por algo de sangre. Podía r directa a la cocina y nadie tendría por qué verme.

Me puse una chaqueta sobre el camisón y salí de mi habitación. El pasillo estaba desierto y en la habitación de Tom al final de éste, no había ni un solo guardaespaldas por lo que él no estaba allí. Gracias a eso, conseguí sentirme un poco más tranquila. No estaba segura si le gustaría verme merodeando habiendo tanta gente pero necesitaba beber algo.

La música sonaba atronadora y el olor a sangre era demasiado fuerte incluso para un vampiro. Ni siquiera me atrevía a ir al salón y ver qué estaba pasando, realmente prefería no saberlo. De sólo imaginarme que podría encontrarme a Tom de nuevo, prefería no pasar un segundo más en la cocina.

Abrí el frigorífico y saqué un bote de sangre del congelador. Con sólo verla la garganta ya se me empezaba a secar y los ojos a cambiar de color. Las ganas de bebérmela aumentaban por segundos, incluso se me pasaba por la cabeza el no descongelarla. No sabía si podría esperar…

Metí el bote en el microondas y esperé, esperé, esperé… y el tiempo parecía no pasar. Cada segundo que marcaba en la pantalla se me hacía eterno. Mi cuerpo quería sangre a toda costa y le daba igual si era congelada, líquida o ardiendo como el mismísimo infierno.

-Vaya… Hola, preciosa.- Me di la vuelta con la respiración agitada. La doctora Bichmann me miraba desde la puerta con el traje rojo que antes había visto en el suelo de la habitación de mi hermano.- Deberías de estar en tu habitación y descansar.- Le volví la espalda de nuevo, haciendo caso omiso a su “consejo”.

El silencio se formó entre nosotras. Yo estaba demasiado ocupada esperando escuchar el sonido del microondas para que me avisase que mi sangre estaba lista y ella, demasiado ocupada analizando cada uno de mis movimientos. Sentía sus profundos ojos clavados en mi espalda y una parte de mí odiaba eso.

El microondas por fin terminó de calentar la sangre y la saqué como una drogadicta esperando su chute diario de cocaína. Sólo el estar cerca de la sangre de Tom me había provocado esta reacción alguna vez y aun así, era consciente de que lo que me estaba pasando no era normal.

-Es por la Cruz.- Añadió mientras me debatía a mí misma si verterla en un vaso o bebérmela directamente de la botella.- Tu sed de sangre irá aumentando por días… Es normal.- Cogí la botella sin más dilaciones y empecé a beber como si llevase años sin hacerlo.- Creo que su castigo ha sido desmesurado.- Planté el recipiente de cristal de un solo golpe en la encimera una vez que me tomé todo su contenido.

-No deberías de hablar mal del Líder y mucho menos a sus espaldas.- Me volví y la miré con una sonrisa en mi rostro.

-Jamás hablaría mal de él, no tengo motivos para hacerlo.- Se irguió sobre sus tacones de infarto, demostrándome lo alta que era.

-¿Pones en juicio su castigo? ¿Dudas de él?- Eva se apartó el pelo de la cara y me sonrió.

-En absoluto.- Dio un paso que la acercó más a mí.- Durante estos cinco años me ha demostrado la clase de persona que es. Nunca pondría en tela de juicio ninguna de sus decisiones.- ¿A dónde quería llegar?

-¿Crees que yo sí?- Volvió a sonreír y a negar con la cabeza.

-Eso es lo que intento averiguar, señorita Kaulitz.- Notaba un tono de burla y prepotencia en su voz tal y como había escuchado muchas veces en Tom.- Sólo quería advertirle. Él ya no es quien era, yo lo he ayudado a que dejara atrás su pasado pero desde que llegó a Francia las cosas han vuelto a empeorar.- Sentí ese pequeño pellizco en mi interior de nuevo. ¿Qué quería decir?

-¿Crees que es por mi culpa?- Le pregunté por un lado curiosa y por el otro, intentando mostrarme lo más serena posible.

-La respuesta es obvia, señorita Kaulitz.- ¿De qué me extrañaba?

-Ese fue el motivo por el que decidí poner tierra de por medio. Si él está aquí es por propia voluntad, nadie lo obligó ni lo obliga a quedarse.- Fui al frigorífico y saqué una nueva botella sin prestarle más atención de la que merecía.

-Estoy enamorada de él.- La botella se me cayó al suelo cuando la doctora Bichmann terminó de pronunciar esa frase.- Sé cuáles son sus problemas, me ha contado hasta más oscuro de sus pensamientos y aun así, lo amo.- Tenía la vista perdida en la sangre de mis pies. Todo el suelo se había teñido de rojo y de cristales…- No pretendo que me dé su aprobación ni que lo acepte. Simplemente que lo deje ir y rehacer su vida de nuevo. Yo puedo ayudarlo a superar lo de las voces, sé cómo reaccionar ante sus ataques… Sé que puedo hacerlo feliz.- ¿Qué se suponía que debía decir? Ni siquiera mi mente era capaz de formular una palabra ante esa confesión.- Me contó todo lo que pasó entre vosotros, lo del Vínculo, el bebé,…- Me agaché y empecé a sacarme los trozos de cristal que se habían clavado en mi piel. No sentía ningún tipo de dolor y lo más seguro era que eso fuese bueno.- Hace poco, me propuso algo.- Arranqué con brusquedad el último trozo intentando sentir algo pero no había nada…- El Consejo está presionando ya que va siendo hora de que el heredero nazca.- Acerqué el trozo de cristal a mí muñeca. Me apetecía cortarme como cuando era humana. Antes, el dolor desaparecía pero ahora, estaba grabado en mi piel y no se iría aunque derramase toda mi sangre.- Apártese de su lado, usted es la causa de todos sus problemas.- Su tono cambió, frío y serio.

-Hace tiempo que me aparté.- Me levanté y puse rumbo hacia mi habitación de nuevo.

Tenía un nudo en la garganta y ganas de vomitar. No me sentía bien, la herida me estaba empezando a doler y a abrirse lentamente, manchando el vendaje que Bill me había puesto. Notaba cómo poco a poco iba perdiendo más sangre, cómo cualquier paso que daba me llevaba al abismo y cómo mi cabeza intentaba procesar todas y cada una de las palabras que Eva me había dicho.

Subí el primer peldaño y luego otro y otro y otro… mientras mi cuerpo luchaba por mantenerse en pie. Quería gritar su nombre, el nombre del autor que me había hecho esto pero no podía. Ningún sonido salía de mi garganta salvo pequeños gemidos de dolor ahogados.

¿Iba a desmayarme? Odiaba esa sensación de vacío en mi interior minutos antes de perder la conciencia. Mi cuerpo luchaba por pronunciar su nombre, por estar entre sus brazos sin que dijera nada, simplemente estando allí. Sin embargo, tenía que alejarme de él, tenía que lograr que me odiase y se apartara. Eva lo había dicho, conmigo no podría ser feliz y ella lo entendía, lo ayudaba y lo mejor, podía hacer de él una persona normal.

-¿Lilith?- Su voz, esa voz caída del cielo.- ¡¿Dios mío, estás bien?!- Pasó sus brazos por mi cintura y me levantó un poco del suelo.- ¡Estás sangrado!- Sus ojos irradiaban preocupación y yo sólo pude centrar mi vista en la mancha roja de mi camisón, la cual se hacía más grande por momentos.- Será mejor que avise a Tom...- Lo agarré del brazo antes de que pudiese salir corriendo. La profundidad azul de su mirada me demostraba lo nervioso que estaba.

-Sólo acompáñame a mi habitación, Nate.- Se quedó pensativo unos segundos pero aceptó sin oponer resistencia. Suponía que yo era la única que podía tener algo de control sobre él y Andreas...

Subimos hasta mi habitación sin mediar palabra. Su preocupación era parpable aunque estaba segura que había entendido que lo que menos quería hacer ahora era ver a Tom.

Me tumbó sobre la cama y solté un pequeño gemido de dolor que hizo que me mirase asustado. No entendía por qué seguía a mi lado cuando ni siquiera había podido estar a su lado durante su proceso de transformación. Yo lo había alejado de su vida como humano y ahí estaba él, pendiente de que nada me pasara.

-Creo que deberíamos avisar a alguien...- Pese a que tenía los ojos cerrados podía sentir su mirada clavada en mí.

-¿No me preguntas por qué estoy sangrando?- Le dije mientras sentía esa horrible sed y ansias de sexo.

-Bill nos lo ha dicho junto con un "dejadla descansar".- Abrí los ojos y lo miré. Se quedó impresionado por el color de que habían tomado.- Creo que será mejor que te deje descansar.- Se levantó de la cama pero una vez más lo detuve.

-No te vayas.- Le rogué. No quería estar sola, no al menos cuando necesitaba tanto al mísmisimo demonio en este momento.

-Te arrepentirás más tarde, lo sé.- Dijo desviando la mirada. Le estaba rogando por sexo y sangre y él controlaba sus impulsos para que yo no me sintiera mal. Admiraba a Nate, él al menos conservaba su parte humana...

-Lo sé pero hace tiempo que el futuro dejó de preocuparme.- El futuro dejó de tener sentido hacía cinco años.

Me senté en la cama bajo su atenta mirada y pasé mi mano por su cara. Nate cerró los ojos con fuerza, evitando que ese contacto le hiciese sentir algo de lo que luego no podría dar marcha atrás. Incliné mi cabeza y lo besé suavemente aunque eso fuese lo único que pudiese hacer ya que él apretó sus labios con fuerza para que no llegase más allá.

Me sentía sucia pero por mucho que quisiera no podía detener lo que ya había empezado. Si este era uno de los síntomas que suponía tener la Cruz marcada en mi vientre, lo odia. Estaba apunto de casi violar a Nate, un ser que, para mí, era una de las criaturas más inocentes en este mundo oscuro y de perversión manchado de sangre.

Tomé posesión de su cuello y empecé a lamerlo lentamente. Necesitaba sangre pero no esta... no la de él. Mi cuerpo me rogaba más pero me era imposible. Nate estaba casi temblando por cada lametón sobre cuello. Intentaba controlarse y lo estaba consiguiendo aunque de lo que no estaba segura era de por cuánto tiempo.

-Lilith...- Dejó escapar cuando clavé con sumo cuidado mis colmillos en su cuello. Su sangre pronto comenzó a recorrer mi cuerpo, abriendo camino hasta mi más que muerto corazón. Decir que me sentía el ser más miserable sobre la faz de la Tierra era quedarme corta.- No sé... si podría... parar ahora.- Dijo casi sin poder respirar. Debería parar antes de matarlo pero no podía. Bebía y bebía como si eso fuese suficiente para llenar el inmenso vacío que habitaba en mi interior.- Para, por favor.- Le hice caso aunque me costase separarme de él.

-Lo siento.- Le miré y sus ojos ya estaban de ese color que dejaba claro cuáles eran sus ideas.- Lo siento mucho.- Volví a repetir aunque él ya no me escuchase.

Nate se lanzó sobre mí sin importar que mis lágrimas volviesen a brotar de nuevo. Yo lo había despertado y ahora, yo pagaría las consecuencias de jugar con fuego. Sin embargo, y pese que necesitaba esto tanto o más que la sangre, estaba perdida, vacía y a punto de abandonar mi cuerpo para no sentir nada de lo que vendría ahora.

Se desabrochó los pántalones a toda prisa, siendo el monstruo que tan pocos veces había visto en él, me levantó el camisón y entró en mí con muchísima fuerza, tanta que dolía incluso en lo más profundo de mi alma. Sí, era esto lo que yo me había buscado, era esto lo que le había pedido y aun así, no podía sentir ni una pizca de placer, alegría o ganas de sexo.

Ahora más que nunca, me sentía tal y como estaba... muerta.



By Tom


-Ha sido una velada magnífica, Mi Señor.- Hizo una reverencia y se fue.

Cerré la puerta antes de que otro viniese a hacerme la pelota. Estaba cansado y por nada del mundo quería ver a nadie en este momento. Pronto se haría de día y necesitaba descansar después de tanta fiesta.

Subí las escaleras ahora desiertas hasta mi habitación. Bill hacía tiempo que se había ido con Mara a "dormir"... Eso no se lo creía ni él. Llegué al pasillo de las habitaciones. No se escuchaba nada y agradecia que así fuese. Necesitaba dormir o al menos tirarme en la cama para poder pensar.

Dirigí la vista hacia su habitación. La puerta estaba cerrada y su presencia seguía ahí cada vez más débil, más oscura, más fría... Su presencia y la de alguien más.

La puerta se abrió muy lentamente ante mis ojos. Una mata de pelo rubio salió de la habitación. Se movía nervioso mientras se preocupaba por meter su camisa en los pantalones y abrochárselos a toda prisa.

-To... Señor.- Hizo una reverencia más que apresurada.

-No son horas para estar por aquí.- Apreté los puños, intentando parecer calmado. No lo iba a conseguir por mucho que me esforzase.

-Lo... Lo siento, ya me iba.- Hizo otra reverencia pero antes de que se levantase ya lo tenía acorralado contra la pared. Quería parar, no quería matarlo aunque esa parte de mí me lo gritaba.

Hice caso a lo que Eva me dijo, contar hasta 10 y respirar. No, quizás debería contar hasta 20... Pero imaginármelo con ella... 30... Tocándola... 40... Besándola... 50... Haciéndose dueño de su cuerpo... ¡A la mierda!

-¿Te lo has pasado bien, Nate?- Mis colmillos, pese a que no quería, habían salido a amenazarle.

-Señor, yo... lo siento.- Lo agarré del cuello con fuerza. Quería matarlo.

-Apestas a ella.- Veía el miedo en su rostro y me gustaba.- ¿Te lo pidió ella? ¡¿Te pidió que te la follaras?!- Le grité haciendo que cerrase los ojos de la impresión. Posiblemente todo el mundo se habría enterado ya aunque ninguno se atrevería a venir a tranquilizarme.

-No, Señor.- Se creía que era gilipollas...- Ella no me ha pedido nada, simplemente ha surgido.- Me estaba mintiendo para defenderla y pensaba que me lo iba a creer.

-Escúchame bien, rubito. Espero que hayas disfrutado bien de ella porque va a ser la última vez que lo hagas.- Le susurré al oído antes de poner mi mano sobre su corazón e ir apretando lentamente.

Iba a matarlo. No quería hacerlo pero allí estaba su imagen de nuevo, siendo tocada por otro, disfrutando de los brazos de alguien que no era yo... y aunque odiase pensar en ello, era lo único que se me venía a la cabeza. Sin embargo, lo peor de todo era que si esto había pasado había sido por mi culpa. Yo la marqué con la Cruz para que estuviese mal y me pidiese ayuda pero no, Lilith hacía tiempo que prefería a cualquiera antes que a mí.

-¡Mi Señor!- Ella una vez más me detuvo como venía haciendo tiempo atrás. Me apartó la mano del corazón de aquel hijo de puta y la sostuvo en el aire.- Todo está bien.- Miré a Nate quien salió corriendo en cuanto solté el aire de mis pulmones. ¿Cuándo había dejado de respirar?- Vamos.- Eva empezó a tirar de mí hacia mi habitación mientas yo no podía apartar la vista de su suya, cuya puerta estaba cerrada, impidiendo que su aroma llegase hasta mí.

Cuando quise darme cuenta ya estaba en mi cuarto, sentado en la cama y sin aliento. Eva me observaba desde arriba, preocupada como siempre. Le debía otra una ver más. Me preguntaba cuántas iban ya, no era la primera vez que me sacaba de alguna parecida.

-Estoy bien, no hace falta que me mires así.- Saqué un cigarrillo del bolsillo y lo encendí. La nicotina me calmaría aunque sólo fuese por un par de minutos.

-¡No puede fumar!- Me arrebató el cigarro y lo apagó en el cenicero que había en mi mesilla de noche.

-Creí que sólo me dabas consejos sobre mi puta cabeza.- Saqué otro y lo encendí, echándole el humo de la primera calada en la cara.

-Mi Señor... Hay algo que debo decirle.- Dudé unos segundos si era acertado o no escucharla. No tenía ganas, no después de haber contemplado como ese capullo salía de su habitación.

-Suéltalo y lárgate.- Bajó la cabeza con una estúpida sonrisa en los labios. ¿Iba a pedirme que me la follara?- No tengo toda la noche, doctora Bichmann.- Dije con ironía.

-Señor... ¿Recuerda la propuesta que me hizo?- Me tensé al instante. Se me había olviado por completo. Se lo propuse sin pensarlo, presionado por el Consejo.

-¿Te lo has pensado?- Le pregunté. Era obvio que la respuesta sería sí ya que esa estúpida sonrisa no se le borraba de la cara.

-Creo que la respuesta ha venido sola.- Vi como se llevaba las manos a la barriga y entonces un escalofrío me recorrío el cuerpo como nunca antes.- Estoy embarazada, Mi Señor.- Era eso lo que le había propuesto, ser la madre de mi heredero pero no podía escuchar esa maldita palabra. ¿Embarazo? Sólo estaba criando un puto bicho en su interior.

-Ahora lárgate.- Ella hizo una reverencia y se fue sin mencionar palabra.

Salí al balcón e intenté coger todo el aire que pude para soltarlo en forma de humo. Para mi sorpresa, ya no habían voces que me atormetaban, me sentía en paz. Un bicho estaba creciendo dentro de Eva por lo que pronto me uniría a ella.

El Vínculo de Sangre no había salido bien y era por eso que el Consejo había “propuesto” la unión con una noble y quién mejor que la hija de uno de los peces gordos del Consejo, la cual me estaba ayudando a acallar las voces. He de reconocer que no me lo pensé mucho, era una buena forma de sacarla de mi vida para siempre.

Miré hacía el balcón de su habitación. Podía ver un pequeño rayo de luz colarse entre las cortinas. Estaba despierta, posiblemente culpándose por lo que le había hecho a Louis o quizás lo que había hecho con Nate. Ella quería ser mala y no le salía, era demasiado buena para eso.

Le di otra calada y expulsé el humo, recordando aquel día en Burdeos...


Acabábamos de follar y sus mejillas estaban sonrosadas. Ver cómo gritaba, su cara al llegar al orgasmo, escuchar su respiración... todo era un espectáculo que nunca me cansaría de contemplar. Mantenía los ojos cerrados, respirando agitada. Sonreía de esa forma tan tonta que llevaba haciendo desde que se enteró que estaba embarazada.

Posé mi mano en su barriga que se movía al compás de su respiración. Ahí estaba ese monstruito y su gran presencia. Era tan fuerte que podía sentirlo atravesar todo mi cuerpo. Me preguntaba cómo algo tan pequeño podía tener tanto poder sobre mí.

-Me siento como volando cuando me tocas la barriga. Creo que le gustas.- Dijo ella posando su mano sobre la mía.

-Ya.- Dije sin apartar la vista de su vientre desnudo.

-Tom...- Me llamó y la miré. Sus ojos brillaban, su pelo desaliñado estaba pegado en su frente... ¿Cómo demonios ese ángel había caído en mis garras? ¿Por qué cojones era tan hermosa?

-¿Qué?- Dije sin apartar los ojos de ella.

-Te quiero.- Y ahí estaban de nuevo esas palabras que me hacían enloquecer. “Sí, yo también te quiero” eso era lo que siempre quería responderle pero no me salía. Era como si algo me lo impidiese.- Está bien, no tienes que decirlo.- Entonces sus ojos dejaron de brillar pero mantenía esa sonrisa triste que la hacía más hermosa aún.


Lilith... no me obligues a decir "te quiero", como si no supieses que hay algo en mí que me impide hablar del amor. No me obligues, porque terminaremos durmiendo en distintas camas, aunque quizá compartiendo el mismo insomnio. No me obligues a decirte que vuelvas, porque nunca he sabido pedir segundas oportunidades por causas que merecían la pena.


El problema, en parte, siempre he sido yo y mi estúpida manía de complicar el amor hasta convertirlo en una despedida. Me gustaba pensar que todo era un juego por si terminabas haciéndome daño. Era la forma que tenía de salvaguardar la poca estabilidad que aún me quedaba. Muy pocas veces lo conseguía. Y no dijimos adiós, simplemente, un día, concretamente una noche, muy de madrugada, nos cansamos de jugar; de ir y venir; de querer abrazarnos y, no obstante, soltarnos cada vez más. Pero lo triste fue que estábamos tan acostumbrados a perder siempre que no lo intentamos de nuevo. Nos resignamos. Nos fuimos. Y le sumamos un punto al marcador de las esperanzas rotas, nosotros hace ya tiempo que perdíamos por una gran diferencia.

Capítulo 66

Capítulo 66


By Lilith


Todas las miradas se posaron en mí. La garganta se me secó en el mismo momento en el que olí la sangre de las copas de los allí presentes. Una vez más, yo era el centro de atención pero esta vez me gustaba. Los hombres me miraban con deseo y las mujeres con admiración, como si nunca antes hubiesen visto a alguien como yo.

Bajé el último peldaño de la escalera junto a Louis y los observé a todos. Había gente muy bien vestida y entre esa multitud, la chica de esta mañana, la doctora Bichmann. Llevaba un vestido rojo de infarto y junto a los demás, me hizo una reverencia está vez sin importar que Louis estuviese delante.

-¿Por qué han hecho eso?- Preguntó Louis confuso pero obvié su pregunta. Estaba demasiado ocupada buscando a Tom.

La música volvió a sonar, con un ritmo sexy y tétrico al mismo tiempo. Era una melodía que encajaba a la perfección con el ambiente en el que un humano no tenía cabida. Sin embargo, gracias a la sangre que todos bebían el olor de Louis pasaba desapercibido y con el sonido de fondo, nadie oiría los desbocados latidos de su corazón.

Caminé entre la multitud y al fin lo vi. Hablaba con Bill con una expresión seria. Vestía con unos pantalones negros y una camisa del mismo color no tan anchos como estaba acostumbrada a ver en él. Ambos parecían discutir algo importante debido a la lejanía que tenían con la multitud...

-¡Lilith!- Andreas vino corriendo y con una copa extra de sangre en la mano. No podía beberla, al menos delante de Louis aunque me muriese por hacerlo.- Estás estupenda.- Andreas le sonrió a Louis como saludo y éste no tardó en devolvérselo.- Toma para ti.- Me dio la copa de sangre bajo la atenta mirada de mi prometido, que intentaba averiguar qué era ese líquido espeso y rojo.- ¿Qué quieres tomar tú?

-¿Qué es esa cosa?- Los ojos de Andreas se abrieron de golpe. Le había entrado el pánico.

-Toma, Louis, te he traído champán, eso no te iba a gustar.- Nate apareció como un ángel salvador con la bebida de Louis.

-Gracias.- Louis la aceptó sin rechistar aunque sabía que algo raro pasaba ya que, exceptuando unos cuantos, todos bebíamos sangre.

-Enseguida vuelvo.- Me colé entre la gente en busca de mis hermanos.

Necesitaba ver a Tom y preguntarle cómo estaba. Lo había dejado en ese estado entre la locura y la lucidez. Aunque no parecía estar del todo mal ahora, seguía sintiendo esa sensación en mi interior que me alertaba de algo que no comprendía. Sabía que estaba a salvo aquí, no me iba a pasar nada rodeada de vampiros, el problema traspasaba lo comprensible. Era como si mi subconsciente siguiera unido de alguna forma a Tom.

Me preguntaba qué había sido del Vínculo de Sangre. ¿Había desaparecido? Ahora no sentía que estaba conectada con él ni que mi cuerpo reclamase su sangre. Según me explicó una vez, cuando formamos el Vínculo, la sangre del otro se vuelve como una especie de droga. No nos alimenta, no nos proporciona ningún tipo de energía o algo por el estilo, por el contrario, era un placer desbordante que recorría todo tu cuerpo, una especie de orgasmo que traspasaba los sentidos y del que no podías separarte.

Si eso era así, mi cuerpo se había estado “desintoxicando” estos cinco años y por consiguiente, el de Tom había sufrido el mismo proceso. ¿Cómo algo tan importante entre los vampiros se desvanecía de esa manera? Aún recordaba esa noche en la que Tom me propuso unirme a él de esa forma y cómo mi cuerpo no pudo soportar tanta energía de su sangre y se desvaneció. ¿Dónde había quedado eso?

-To... Mi Señor.- Le hice una reverencia cuando me acerqué a él. Hablaba con dos hombres y una mujer que se volvieron junto a él a observarme.

-Acércate.- Su voz sonó fría, como la del antiguo Tom, como la de un líder... Le hice caso y me acerqué a ellos.- Lilith, te presento al señor Guilliame, el señor Martin y la esposa de éste, la señora Juliet.- Todos hicieron una reverencia y yo les sonreí como respuesta. Era un momento tan incómodo que no sabía dónde meterme.

-Es un placer conocerla, señorita Kaulitz.- Dijo Martin.

-Igualmente.- Contesté.

-Es bellísima, yo diría que se parece mucho a William.- Recalcó Juliet. Sentí como mis mejillas se encendieron ante tal comparación. El simple hecho de parecerme a Bill para mí era un elogio.- Aunque los ojos son muy parecidos a los suyos.- Sonreí aunque por dentro sintiese un pequeño pellizco en el estómago. Me parecía a él porque éramos hermanos pero algo en mi interior odiaba esa similitud.

-Por favor, no insulten a mi hermana.- Todos se rieron ante esa “broma” de Tom cuando me compararon con él. Jamás había visto esa faceta de él, no solía comportarse así o, al menos, no conmigo.- Bien... ¿Qué querías, Lilith?- Lo miré sorprendida. No iba a decirle nada delante de todo el mundo...

-¿Podemos hablarlo en privado?- Él sonrió de esa forma maléfica y supe que no iba a aceptar mi propuesta.

-No veo por qué no puedes comentarlo delante de todos.- Me miró junto con esa sonrisa que tanto miedo me había provocado en el pasado. Sin embargo, eso se había acabado.

-No creo que les interese... Mi Señor.- Sus ojos se achinaron con malicia. Me estaba desafiando con la mirada para que me retractase.

-No creo que sea muy importante...- Añadió Guilliame acompañado de las risas de los demás. Mara tenía razón, no me tomaban en serio porque me veían débil.

-Es una orden... Tom.- Una furia inmensa salió de mi boca en forma de palabras. Los tres vampiros que antes incluso se habían atrevido a desafiarme ahora estaban sumisos ante mí. Por el contrario, Tom me miró con los ojos abiertos como platos. No se creía lo que había hecho y mucho menos que hubiese sido delante de otros.

Hizo un gesto con la cabeza y, tras una reverencia, todos se fueron quedándonos los dos a solas. Le había desafiado a un duelo del que no estaba segura de si saldría ganando pero me había atrevido a hacerlo sin importarme las consecuencias como siempre. Yo, Lilith, estaba noche había enterrado a Elizabeth para siempre...

-¿Qué cojones crees que estás haciendo?- Dijo casi en un susurro intentando mantener la calma aunque la tensión en su mandíbula demostraba su ira.

-¿Estás mejor?- Él me miró sorprendido.

-¿Qué?- Preguntó sin parecer entender nada aparentemente.

-Cuando me fui te dejé mal y...

-¿Me estás diciendo que me has faltado el respeto delante de esos tres peces gordos porque querías preguntarme cómo mierda estaba?- Me cortó. Iba a estallar...

-Perdón por preocuparme por ti.- Me abrazó con fuerza, pegándome por completo a su cuerpo. Ese contacto me quemaba lentamente, hacía mis venas arder, mi cuerpo despertarse como sólo él conseguía... Pero todo era un farol.

-Como vuelvas a interrumpirme de esa forma por una gilipollez como esa juro que no sé lo que hago.- Todas esas sensaciones se esfumaron con sus palabras. ¿Cómo podía provocar todas esas cosas en mí y luego hacerlas desaparecer como si nada?- ¿Entendido?- Agarré su camisa y lo obligué a que bajase su cabeza para poner mi boca cerca de su oído.

-Ambos sabemos que no serías capaz de hacerme nada, Tommy.- Sonreí para mis adentros y se lo solté.

Tras dedicarle una sonrisa y una reverencia, me fui de su lado. Por su expresión sabía que lo había dejado confundido y una pequeña parte de mí se alegraba de ello. No entendía de dónde había sacado esa valentía para enfrentarme a él pero ahí estaba, y deseaba que esa fuerza que tenía en mi interior no se fuera nunca.

Fui hacia Louis, el cual conversaba animado con Andreas y Nate. Sonreí al verlo tan feliz junto a ellos. No veía vampiros y un humano, veía personas que charlaban tranquilas sin ningún tipo de problemas. Verlo así, sin importarle nada más, movía algo en mi inerte corazón. Louis había tenido una vida difícil y aún la tenía haciéndose cargo de su padre alcohólico y del trabajo en el campo que ambos tenían. Louis se merecía ser feliz, yo iba a hacerle feliz aunque me dejase la piel en ello.

-... Y nos echaron por alteración del orden público.- Los tres se rieron cuando Andreas terminó de contar alguna anécdota de las suyas.

-Cariño.- Louis me extendió la mano para que se la cogiese y me acercase a ellos.- Andreas nos estaba contando la que liaron cuando fueron a Holanda.- Miré a Andreas y Nate con complicidad. Les agradecía que hubiesen entretenido a Louis mientras hablaba con Tom o de lo contrario, hubiese sospechado que algo pasaba entre nosotros.

-Bueno, vamos a dar una vuelta a ver a quién vemos. Hasta luego.- Andreas me guiñó un ojo y se fue, arrastrando a Nate con él.

-Sin duda son mis dos cuñados favoritos.- Dijo Louis con una sonrisa de oreja a oreja. No recordaba la última vez que lo había visto así...

Louis me agarró por la cintura y me atrajo a él tan fuerte que la copa de sangre de mi mano casi se cae. Sentía como su pantalón se abultaba lentamente mientras él se movía al ritmo de la música, lenta pero sensualmente. Comenzó a besar mi cuello, haciendo que cerrase los ojos y me dejase llevar. Necesitaba sexo, ahora más que nunca pero no delante de toda esta gente.

Sentía la mirada de todos puestas en nosotros dos mientras disfrutábamos de nuestro particular baile. El ambiente se ponía cada vez más caliente o al menos, yo sentía como mi cuerpo se consumía lentamente por unas llamas abrasadoras. El corazón de Louis cada vez iba más rápido como si se fue a salir en cualquier momento. Parecía hipnotizado por alguna extraña razón. Él jamás se comportaría así y menos en un lugar público.

Abrí los ojos cuando Louis me propinó un suave mordisco en mi cuello, parecido a los que me daba Tom antes de morderme. Cuando me percaté, todos en el gran salón estaban besándose o metiéndose mano. ¡¿Qué era todo esto?!

-Para.- Empujé a Louis para separarlo de mí. Se quedó impresionado al ver que todos los allí presentes estaban continuando con lo que nosotros habíamos empezado.

-Madre mía...- ¿Qué tipo de fiesta era esta?- ¿Es una orgía?- Y entonces lo recordé. Esta escena la había vivido yo antes... Hacía unos cuantos años...


Oí a gente gritar así que bajé las escaleras para ver qué estaba pasando. Mamá me había dicho que no saliese de mi habitación pero estaba asustada. Tommy y Bill no estaban en su habitación así que no podía refugiarme con ellos para que me protegiesen.

El comedor estaba vacío pero podía oír música y gente al otro lado de la puerta que daba al salón. Me puse de puntillas para alcanzar el pomo y abrí un poco la puerta. Había gente muy bien vestida y que no había visto nunca charlando y bebiendo sangre. Reconocía entre la multitud a algunos amigos de papá y a muchas personas que había visto atrás veces.

Había un hombre y una mujer justo delante de la rendija de la puerta donde yo estaba. El hombre agarró los tirantes del vestido de la mujer y se lo pasó por los hombros, haciendo que éste cayese al suelo. La mujer sonrió, mostrándole sus colmillos y los ojos azules tal y como había visto a Tommy cuando quería mi sangre.

Ambos empezaron a besarse en la boca a la vez que hacían un ruido parecido a los gruñidos de Scotty cuando tenía hambre. Las manos de aquel señor se pusieron en las piernas de ella y recorrieron sus muslos hasta posarse en sus braguitas.

La puerta se cerró de golpe y me volví asustada. Tommy tenía una mano puesta en la puerta para que no la pudiese abrir y me miraba enfadado.

-¿Qué haces aquí?- Preguntó serio.

-No podía dormir por el ruido.- Se puso de cuclillas para estar a mi altura y se quedó mirándome.

-Mamá te dijo que no podías salir de tu habitación. ¿Por qué no le has hecho caso?- Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Me sentía mal porque había desobedecido a mami y había hecho enfadar a mi hermano.

-Tenía miedo. Fui a tu habitación pero no estabas.- Me sequé las lágrimas con el puño del pijama. Sabía que Tom odiaba verme llorar...

-Ven aquí, pequeña.- Me abrazó con fuerza. Me sentía tan bien en sus brazos que me encantaría estar siempre así.- Te voy a acompañar a tu habitación y no me iré hasta que no te quedes dormida, ¿vale?- Asentí feliz.- Vamos.- Se puso de pie y me dio la mano.

Me costaba caminar a su lado porque no llegaba a cogerle la mano y Tom a veces se tenía que inclinar para poner agarrar la mía. Tom y Bill habían crecido mucho en estos últimos años mientras que yo seguía igual. Estaba harta de cambiarme de colegio porque las de mi clase crecían y yo no. Quería ser mayor y así poder ser igual que esas chicas que venían a ver a mis hermano, tal vez así Tom me mirase como a ellas...

Entramos en mi habitación y él me cogió en brazos hasta meterme en mi cama. Se tiró a mi lado como hacía siempre y yo me acorruqué entre sus brazos. Su mano recorría lentamente mi pelo, lo cual me relajaba y hacía que me entrase sueño.

-Tommy, cuando sea mayor... ¿Seguirás viniendo a mi habitación cuando tenga miedo?- Sentí sus labios en mi cabeza, fríos como el hielo.

-Cuando seas mayor no dejaré que tengas miedo porque siempre voy a estar a tu lado.- Sonreí y cerré los ojos.

Me encantaba estar así con Tom pero no me gustaba que estuviese en esa fiesta tan extraña. ¿Él también haría esas cosas? ¿Tocaría a otras mujeres? ¿Las abrazaría como a mí? Agarré la chaqueta de su traje con fuerza para contener lo enfadada que estaba sin saber por qué. De sólo imaginarme que mi hermano podía tocar a otras mujeres de la misma forma que me tocaba a mí me enfadaba mucho.

-Hermano, no abraces a otras chicas como me abrazas a mí, no les sonrías... Tus sonrisas son sólo mías.- Se rió y a mí sólo me puso más furiosa.- ¡Lo digo en serio!- Levanté la cabeza de su pecho y lo miré enfadada.

-Lilith...- Me agarró la cara con ambas manos y se me quedó mirando. Sentía como las mejillas me ardían como cada vez que me observaba así.- Lo que haga con cada mujer no tiene por qué importarte. Lo que debe preocuparte es lo que sienta cuando esté con ellas y puedo asegurarte que ninguna mujer me ha hecho o me hará sentir ni una décima parte de lo que siento con tan solo mirarte.- Asentí y me volví a acomodar entre sus brazos.

-Te quiero mucho, hermanito.- Sus brazos me apretaron más a él, haciendo que me sintiera protegida una vez más.

-Y yo a ti, pequeña.


Los líderes organizaban fiestas de este tipo con el fin de abastecer a sus súbditos de sus dos fuentes de alimentación básicas, la sangre y el sexo. Recordaba la que una vez organizó mi padre cuando era pequeña, otra cuando estaban Oliver y Emily, mis primos de Londres, y la otra era la que había hecho Tom el día en que todo acabó.

-Tom organiza este tipo de fiestas a veces.- Le confesé a Louis.

-¿Por qué?- Mi mente me gritaba que le dijese la verdad, era un buen momento para hacerlo pero no podía.- Respeto que a tus hermanos les guste esto pero a mí no así que creo que me voy a ir.- Se me quedó mirando, esperando una respuesta por mi parte.- ¿Vienes?- Me lo pensé unos segundos mientras intentaba buscar a Tom con la mirada entre tanta gente besándose y semi-desnuda.

Cuando por fin lo localicé, sus ojos se clavaron en los míos con fuerza. Me miraba absorto, sin ni siquiera pestañear, sentado en un sillón de terciopelo negro que parecía estar ahí especialmente para él. Era la viva imagen de un monstruo a punto de atacar a su presa.

De repente, una chica se inclinó ante él. ¡Era la doctora Bichmann! Tom le tendió la mano y ésta se la agarró sin pensarlo. Se sentó a horcajadas en sus piernas, de cara a él mientras él seguía mirándome. Las manos de mi hermano fueron hasta la cremallera de su vestido y empezó a bajarla lentamente. Estaba pendiente de cuál era mi reacción, estaba disfrutando viendo cómo yo era incapaz de apartar la mirada de ellos.

Tom al fin a quito la vista de mí una vez que la cremallera estaba abajo. Miró a la doctora y le dijo algo que no llegué a identificar. Ella se lanzó a su cuello para besarlo y se empezó a mover sobre Tom, restregándose contra él.

Cuando estuve a punto de girarme e irme, volvió a mirarme y me sonrió, esa sonrisa del mismísimo demonio que creí tenerla olvidada. Todos los músculos de mi cuerpo se congelaron y millones de escalofríos tomaron el control de mi cuerpo.

-Elizabeth, vámonos.- Louis me agarró de la mano y empezó a tirar de mí hacia la puerta.

Una vez fuera, por fin volví a la realidad. La brisa del mar me había despertado de lo que parecía una pesadilla, con la única diferencia de que todo había sido real. Me llevé las manos a la cabeza y apreté con fuerza. Me dolía hasta tal punto que quería gritar. La ira me consumía por momentos, mi respiración se había acelerado y mis colmillos volvían a dominar mi boca.

¿Qué me pasaba? No me sentía dueña de mi cuerpo. Una fuerza superior a mí me invadía por completo. Me sentía capaz de cualquier cosa y débil al mismo tiempo. Era como si alguien estuviese tomando el control de mi cuerpo y mi mente, alguien que había estado encerrada en mí todo este tiempo.

-Lilith...- Me giré sobre mí misma, buscando la fuente de esa voz. No había nadie.

-¿Cariño, estás bien?- Escuché la voz de Louis como un eco en mi cabeza.

-Lilith...- ¡Esa mujer de nuevo! La había oído antes, reconocía su voz.

-¡¿Qué quieres?!- Grité.

-¿Qué?- Respondió Louis.- ¿Qué te pasa? Estás actuando muy raro.- Lo miré asustada. ¿Es que acaso no escuchaba la voz?

-Nada.- Le sonreí para que se tranquilizara.

-Los hijos de Adán... Acabemos con ellos.- Me tapé los oídos para no escucharla pero seguía ahí.

-¿Eli... Elizabeth?- Miré a Louis cuando me llamó. Tenía los ojos abiertos como platos y las pupilas dilatadas del miedo.

-¿Qué pasa?- Me señaló y entonces me dí cuenta. Pasé la lengua por mis colmillos y allí estaban.- Louis...- Lo llamé pero el retrocedió en cuanto intenté acercarme.

-¿Qué... Qué diablos es eso?- Dijo asustado.

-No era así como quería que lo supieras.- Él me miró sin entender nada.- Soy... soy una vampiresa.- Le confesé. Sentía como si me hubiese quitado un peso de encima pero estaba aterrada por cómo Louis iba a reaccionar.

-¿Qué?- Oculté mis colmillos para no parecer que iba a atacarlo.- Jajajajajajajaajaja.- Empezó a reírse nervioso como un loco. Estupendo, no se lo creía.- Deja de gastarme bromas.- Lo agarré de la mano y lo arrastré hacia la playa.- ¿Dónde vamos?- Necesitaba demostrárselo pero lejos de todo el mundo. Lo empujé con fuerza y Louis cayó en la arena. No tardé en tirarme sobre él y a acorralarlo para que no se moviese.

-Observa.- Le dije. Abrí la boca y mis colmillos salieron. Me miró estupefacto y asustado al mismo tiempo.

-¿Qué clase de truco es ese?

-No es un truco.- Dije, intentando convencerlo.

-Elizabeth, los vampiros no existen.- Acerqué mi muñeca a mis colmillos y mordí con fuerza, haciendo que mi sangre inundara mi paladar.- ¡¿Qué haces?!- La puse ante él para que mirase la herida y cómo ésta se cerraba sola.- Dios mío...- Sus ojos me miraban a mí y a la herida casi imperceptible de mi muñeca.

-¿Me crees ahora?- Su mano se movió temblorosa a mi cara y comenzó a acariciarme la mejilla.

-Tu piel... siempre fría como si estuvieses... muerta.- Me empujó con fuerza haciendo que me cayese en la arena de espaldas.

Se levantó y salió corriendo. Me levanté y me quedé parada observando como corría con miedo sin mirar atrás. Era inútil que escapara, podía alcanzarlo si quisiera pero no sabía si debía ir tras él y tranquilizarlo.

-Acaba con el hijo de Adán.- ¡Esa voz!

-¿Quién eres?- Pregunté en un susurro mientras las lágrimas se escapaban de mis ojos, viendo como Louis huía de mí.

-Yo soy tú, tú eres yo.- Dijo aquella voz.

-Lilith...- Respondí.

Dí un paso y luego otro, y otro, y otro,... sin perder a Louis de vista. Cuando quise darme cuenta ya estaba corriendo tras él. La playa pasaba por mi lado muy rápidamente, mis pies apenas tocaban el suelo, me sentía volar.

Agarré a Louis por el cuello de la camisa y lo estampé contra la arena. Se arrastraba lejos de mí y yo sólo pude sonreír viendo como me temía. Su corazón clamaba mi nombre, sus venas estaban dilatadas por el miedo, haciendo que su sangre recorriese con más velocidad todo su cuerpo.

-E... Elizabeth, detente, por favor.- Me acerqué y me puse de cuclillas frente a él.

-Yo no soy Elizabeth, soy Lilith.- Louis asintió sin apartar sus ojos de mí.

-No me hagas daño.- Me puse de pie y le sonreí como acostumbraba.- Juro que no se lo voy a decir a nadie, no tienes por qué preocuparte.- En un abrir y cerrar de ojos estaba sentada sobre él, con mis colmillos desafiándole y a punto de atravesar su piel.

-Dios así lo quiso.- Acerqué mi boca más a él pero antes de que pudiese morderlo, una fuerza mayor me separó de Louis.

-¡Pare, señorita Kaulitz!- Dos hombres me tenían agarrada de ambos brazos. Eran dos de los guardaespaldas de Tom que siempre iban tras él.- ¡Váyase!- Le dijeron a Louis. Tiré de ellos debido a las ansias por lanzarme a su cuello y dejarlo seco.- ¡Tranquilícese!- Por más fuerza que hacía era imposible deshacerme de ellos.

-Georg, avisa de que vamos para allá.- Georg y Gustav... Los miré a ambos por el rabillo del ojo. Eran los guardaespaldas más fieles de mi hermano, los mismos que me salvaron de las garras de Markus y amigos de la infancia de Tom y Bill.

-Aquí Georg, ¿me recibe?- Habló por su reloj y la respuesta no tardó en llegar.

-Aquí Base. ¿La han encontrado?- Georg me miró y luego miró a Gustav, que me sujetaba los brazos para que no me moviese.

-Afirmativo, la llevaremos ante el líder.- La retransmisión se cortó. ¿Iban a llevarme con Tom? No pude evitar ponerme nerviosa. Horas antes me había dicho que no le dijera nada a Louis y saber que no le había hecho caso lo pondría furioso.

-Señorita Kaulitz, vamos a llevarla ante el líder. Cuando lleguemos podrá beber toda la sangre que quiera así que tranquilícese.- Estaba tranquila. El deseo que había sentido por morder a Louis había desaparecido, ahora sólo permanecía la culpa por lo que había estado a punto de hacer.

Comenzamos a caminar rumbo a la casa. Podía oír la música desde fuera y el aura de mi hermano traspasar los muros de aquella mansión a pie de playa. Reconocía que me estaba poniendo nerviosa por momentos y que me cuerpo estaba empezando a temblar con cada paso que nos acercábamos. No me sentía poderosa como antes, la voz de aquella mujer me había abandonado y con ella, toda la fuerza que había sentido. Volvía a ser débil, en mí resplandecía esa parte vulnerable y fácil de manipular, la cual Tom adoraba porque podía manejarla a su antojo.

Pasamos la puerta principal y nos dirigimos al patio trasero. Entramos hacía el interior por la cocina para evitar pasar por delante de toda esa gente. Sentía como las manos de Gustav me apretaban más las muñecas para inmovilizarme. Me estaba haciendo daño pero sabía que era inconscientemente. Por alguna extraña razón, tanto él como Georg se estaban poniendo nerviosos.

Subimos las escaleras y nos paramos frente a la puerta de la habitación de Tom. Sentía su presencia al otro lado, la oscuridad que le acompañaba siempre y el terror traspasar la puerta y golpearnos a los tres. Sabía que ellos también lo notaban y era por esa razón que ni siquiera se atrevían a entrar.

De repente, la puerta se abrió sola, dejándonos ver al otro lado a Tom. Estaba sentado en un sofá negro justo al final de la habitación. Sus ojos se clavaron en los míos, haciendo que diese un paso atrás y chocase con Gustav. Me percaté de que no llevaba puesto nada arriba, dejando su torso desnudo.

No quería entrar pero Gustav tiró de mí para que empezase a caminar hacia el interior de la habitación. Retiró sus manos de mis muñecas y por fin me sentí libre aunque indefensa ante mi hermano.

-Señor.- Dijeron Georg y Gustav al unísono, postrando una reverencia ante Tom.- Estaba en la playa a punto de atacar al humano. No parecía haber sufrido daño alguno.- Miré a Gustav con rabia y él no tardó en desviar la mirada para no toparse con mis ojos acusadores.

-Arrodíllate.- Tom por fin habló aunque hubiese preferido que no lo hubiese hecho. Su voz haría temblar al mismo demonio...

-Mi Señor...- Lo llamó Georg, sin embargo...

-¡He dicho que te arrodilles!- Por fin alcé la vista hacia él. Sus ojos rojos como el fuego dejaban claro que no estaba jugando y que no estaba dispuesto a tranquilizarse tan fácilmente.

Me tragué mi orgullo y clavé mis rodillas en el suelo. Agaché la cabeza con la intención de no tener que mirarlo porque estaba segura que eso sólo conseguiría ponerlo peor. Escuché el sofá crujir cuando se levantó. Sus pasos lo acercaban más a mí, haciendo que mi cuerpo empezase a temblar de sólo sentirlo cerca.

Vi sus pies parados frente a mí. Sabía que me iba a echar el sermón por haber intentado atacar a Louis ya que él me lo había advertido pero realmente, no me sentía culpable por ello.

-¿Cuál es la pena por atacar a un humano?- Preguntó Tom. ¿Iba a castigarme?

-¡Pero yo no lo he atacado!- Salté en mi defensa, clavando mis ojos en los de él, el cual me miraba desde arriba.

-¡¿Quién te ha dado permiso para hablar?!- Bajé de nuevo la cabeza, impactado por su grito.- ¡Si Georg y Gustav no hubiesen llegado a tiempo lo podrías haber matado!- ¡Dios, tenía razón! ¡¿Qué demonios me había pasado?!- Y encima, te atreves a desafiar a tu líder... Me pregunto qué debo hacer contigo.- Se puso de cuclillas para tenerlo a la vista aunque yo mantenía la cabeza agachada, aguantando las lágrimas por lo que había estado a punto de hacerle a Louis.- ¿Qué crees que debería hacer, Eva?- ¿Eva? Levanté la vista y vi como una chica se sentaba en la cama con las sábanas alrededor de su cuerpo. ¡Era la doctora Bichmann! Ella era Eva, la misma que Tom había llamado esta mañana al escuchar las voces.

-No soy quién para poner un castigo, mi Señor.- Me dedicó una mirada de un par de segundos en los que sentí algo extraño en mi interior, algo que no sabía descifrar pero que no me gustaba en absoluto.

-¿Qué castigo debería ponerte por atacar a un humano y desafiarme?- Dijo Tom en un tono burlón. Esta vez sí que lo miré desafiante. No le tenía miedo.

-Tan solo le he aclarado lo que he hecho... mi Señor.- Los ojos de Tom se achinaron. Intentaba meterse en mi mente una vez más aun sabiendo que era inútil.- No he atacado a ningún humano y mucho menos le he desafiado.- Tom se puso de pie. Tenía los puños apretados y la mandíbula en tensión. Estaba en una lucha interior consigo mismo, conocía esa expresión.

-¡¿Y tampoco has derramado tu sangre?!- Me agarró del pelo con fuerza, obligándome a echar la cabeza hacia atrás y mirarle a la cara.- ¡Eso es aún peor, maldita gilipollas!- No me podía creer lo que estaba viviendo. Tom me había insultado delante de sus guardaespaldas y esa tal Eva. Había conseguido humillarme delante de otras personas, una humillación que dejaba claro que sus intenciones de empezar de cero no eran ciertas.- Eva, tráelo.- Ella se levantó de la cama, envuelta en las sábanas negras de la cama de Tom. Fue hasta un cajón de la mesilla de noche y sacó lo que parecía un joyero. Se acercó hasta nosotros, la abrió y dejó ver su contenido. Había un pequeño cuchillo de plata que Tom no tardó en sacar.- Creo que tu mejor castigo es... La Cruz.- Escuché como Georg y Gustav dieron un paso atrás. ¡¿Qué demonios era eso?!- Salid de aquí.- La puerta se abrió y supuse que los dos chicos que me habían traído hasta aquí se fueron.

-Cariño...- Le dijo Eva a Tom.- ¿No crees que es un poco excesivo?- Él sonrió como respuesta. Estaba claro que para él mi castigo se quedaba corto.

-Vete fuera.- Dijo Tom. Eva no tardó en coger su vestido del suelo y salir de allí, no sin antes dedicarme otra extraña mirada.

Cuando ella salió, Tom me soltó el pelo. El cuello me dolía del tiempo que había estado doblado mirando hacia él. Mi hermano se alejó de mí hasta sentarse en el sofá y escrutarme con la mirada mientras yo seguía de rodillas frente a él, debatiéndome entre si debía levantarme o no.

-¿Sabes qué es la Cruz, Lilith?- Negué con la cabeza y con las lágrimas a punto de salir. Me sentía humillada por él, decepcionada y furiosa conmigo misma por el simple hecho de haber pensado en morder a Louis.- Es el peor castigo que se le puedo imponer a un vampiro. Y sólo hay tres razones por las que un vampiro debería ser marcado. Una, por morder a un humano. Dos, por desafiar al líder. Tres, por derramar la sangre de un Sangre Pura con el agravante de si la sangre que se derrama es la tuya.- Incliné mi espalda hasta apoyar la cabeza en el suelo, puse ambas manos delante de mi cabeza y me agaché por completo. Era la manera que teníamos los vampiros de pedir disculpas ante el líder. No sabía qué era eso de la Cruz pero estaba claro que no era nada bueno.

-Lo siento...- La voz apenas me salía. No era a él a quien tenía que pedirle perdón sino a Louis. Sin embargo, una vez más me estaba tragando mi orgullo por Tom.

-¿Estás pidiéndome disculpas, Lilith?- El sofá volvió a crujir, haciéndome ver que Tom se había levantado y que venía hacia mí.- ¿Te arrepientes de lo que has hecho?- Afirmé con la cabeza sin moverla de su posición. El suelo era todo lo que veía y las lágrima al caer sobre él el único sonido que escuchaba.- Levántate.- Hice caso a su orden y me puse de pie. Las piernas me temblaban, me sentía débil una vez más.- ¿Por qué lloras? El trabajo de Mara no habrá servido para nada.- Su mano se podó en mi mejilla y con su pulgar, limpió una lágrima que caía por ella.- Deberías de esperar a que te marqué como una puta vaca para llorar.- Lo miré aterrorizada y él sonrió aunque no me dio tiempo de verlo ya que mi cuerpo se chocó con fuerza contra la pared.

Estaba de cara a la pared, completamente pegada, y con Tom a mi espalda, con su cuerpo completamente pegado al mío para que no me moviese. Sentía su respiración gélida como el hielo en mi cuello. Empezó a pasear ese cuchillo sobre él, haciendo que escalofríos recorriesen todo mi cuerpo. Estaba temblando, tenía miedo de lo que pudiese hacerme...

-¿Dónde debería ponértela?- Dijo divertido. El cuchillo se paseaba por mi cuello lentamente a la vez que mi piel reaccionaba ante su tacto.

-Si lo vas a hacer, hazlo ya.- Me dio la vuelta con fuerza para ponerme cara a cara con él. Sus ojos estaban rojos, escrutando hasta el más mínimo centímetro de mi cara.

-¿Otra vez desafiándome?- Sentí su mano en mi espalda. Estaba desabrochándome los pequeños botones del vestido con suma lentitud, todo ellos sin apartar los ojos de mí.

-Nunca te he desafiado. Estoy de acuerdo en que merezco un castigo aunque humillarme delante de todos sobraba.- El vestido cayó a mis pies y Tom se pegó más a mí, haciendo que el frío de su torso desnudo entrase en contacto con mi piel.

-Era parte del castigo.- Sus ojos descendieron hasta mis pechos, cubierto por el sujetador negro de encaje que Mara me compró hacía tiempo. Sus ojos se tornaron azules aunque estaba segura que él no se había percatado de ello. Deseaba mi cuerpo y eso me hacía tener sólo un poco de control sobre él.

-¿Crees que quería atacar a Louis? No sé qué me ha pasado, yo no soy así y lo sabes. Lo de morderme fue porque quería demostrarle que era una vampiresa.- No sabía si Tom me estaba escuchando ya que estaba demasiado entretenido mirando mis pechos.- Sabes que no haría nada que te hiciese enfadar.- Me miró con esos ojos azules tan penetrantes y atrayentes. Si no hubiese estado la pared me hubiese caído de espaldas de sólo verlos.

-Lo has hecho, me has enfadado y mucho. Te lo advertí esta mañana y te ha importado una mierda.- ¿Debería de decirle que había escuchado la voz de una mujer y que mi cuerpo había reaccionado ante su orden de atacar a Louis? No, no podía hacerlo.- Voy a castigarte para que aprendas de una vez. Voy a clavártelo tan fuerte que vas a preferir que te mate.- Se lanzó a mi cuello y empezó a lamerlo. ¡¿Qué estaba haciendo?!- Y no me refiero al cuchillo.

Su boca descendió por mis pechos como otras veces había hecho. Un pequeño gemido se escapó de mi garganta lo que le hizo sonreír sobre mi piel. Estaba encendiéndome, me estaba dejando llevar otra vez por aquel dios del sexo y me odiaba por ello. Estaba mal, no quería caer de nuevo en aquel espiral de sexo y sangre en el que una vez estuve metida junto a él. Mis sentimientos por él estaban guardados bajo llave, no volvería a enamorarme, él era mi hermano, mi líder... eso era todo.

-Tom...- Jadeé cuando se arrodilló ante mí y comenzó a lamer la cara interna de mis muslos, ascendiendo peligrosamente.

Estaba a punto de abandonarme a él mientras las lágrimas caían sin cesar de mis ojos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tan fuerte era el control que Tom tenía sobre mí? Hoy, había hecho infeliz a Louis y encima, estaba a punto de traicionarlo con mi propio hermano. Sin embargo, lo necesitaba. Sus caricias, sus besos sobre mi cuerpo, sus brazos rodeándome mientras nos convertíamos en una sola persona...

Tom se puso de pie y me miró a la vez que respiraba agitado. Sus ojos azules se volvieron miel en cuanto me vio. La excitación que parecía haber tenido segundos antes se había esfumado como si nunca hubiese estado allí.

-Túmbate en la cama.- Me ordenó con un tono frío de voz. Se separó de mí y comenzó a caminar hasta allí. Le seguí como un perrito tras su amo, sin ni siquiera pensármelo dos veces. Me tiré en la cama boca arriba, mirando al techo mientras sentía la mirada de Tom en mí.- ¿Por qué lloras? Me haces sentir como si fuera un violador.- Me sequé las lágrimas con el brazo.

-Lo siento.- Dije. La cama se movió cuando Tom se subió a ella y me acorraló entré sus piernas.- ¿Por qué has parado?- Le pregunté. Había pasado de estar como una moto a ser el Tom frío de antes.

-Porque ya no siento lo mismo cuando te veo desnuda o te toco.- Sentí un pequeño pellizco en mi estómago que hizo que mis ojos se volviesen a aguar.- No tengo interés por un cuerpo que ha sido utilizado tantas veces por otros. Es más, me da asco tocar a mi propia hermana.- Me abracé a mí misma, intentando taparme para que no me viese. Me sentía sucia, impura y humillada una vez más.

Sacó el cuchillo de su pantalón y se lo quedó mirando. La plata resplandecía gracias a la tenue luz de la habitación. Era como una pequeña espada con algo inscrito en la hoja que no llegaba a ver. El mango de éste estaba tallado con figuras abstractas y con... ¡El símbolo que estaba en la portada de la Biblia!

-¿Dónde debería clavártelo?- Desvié la mirada de aquello que me atravesaría la piel.

-Donde quieras, tú eres el líder.- Sentí la hoja sobre mi cuello y lentamente deslizarse hacia abajo.- ¿Me va a doler?- Paró el recorrido sobre mi corazón. Su mano temblaba y el cuchillo con él.

-Vas a desear no haber nacido.- Un suspiro de terror se escapó de mi garganta.- La plata al entrar en contacto con la sangre de un vampiro la quema lentamente, provocando un dolor espantoso. La marca de la Cruz no se irá en unas semanas en las que la sangre no te servirá de nada porque seguirás teniendo sed, en la que el sexo será insuficiente para calmar tu deseo, en la que no podrás ver la luz del sol...- Cogí su mano y la guié hasta mi barriga. Él abrió los ojos de la impresión al pararse ahí.

-¿Qué estás haciendo?- Me miró estupefacto esperando una respuesta.

-Creo que el castigo es superior al crimen cometido, por eso pienso que la verdadera razón por la que haces esto es para vengar su muerte, para castigarme por habértelo arrebatado.- Bajó la mirada hacia mi barriga, con la mirada perdida.- Quiero creer que ese es tu verdadero motivo para hacerme esto porque de lo contrario, me enfadaré ya que no me castigaste por su muerte pero sí por desafiarte. ¿Es que acaso está tu orgullo por encima de la muerte de tu propio hijo?- Aparté mi mano de la suya, que sujetaba el cuchillo temblorosa.

-No fue tu culpa, nunca lo pensé.- Su mirada seguía fija en algún punto de mi vientre, perdida, asustada y oscura.- La culpa fue mía por no saber protegerte. Seguí los mismos pasos que Jörg, dejando que tú llevases todo el peso del embarazo, sin importarme el ser que crecía en tu interior.- Presionó el cuchillo sobre mi piel. Sentía su ira inundar la habitación y mi cuerpo.- Te fallé a ti y le fallé a mi hijo. Es mejor que no haya nacido porque es mucho peor tenerme a mí como padre.- Cogí con una mano la mano que sostenía el puñal y la otra, la puse en su cara, obligándolo a mirarme. Sus ojos miel transmitían miedo e inseguridad, lo mismo que había visto en él de pequeña cuando mi padre le pegaba.

-Tú no eres él.- Me senté en la cama con él aún de rodillas sobre mí.- Todo este tiempo he intentado convencerme de que su muerte no fue en vano. A veces la vida te pone obstáculos para saber si eres lo suficientemente fuerte para seguir adelante.- Tom fue acercando su cara a mí. Iba a besarme después de cinco años en los que habría matado por sentir sus labios sobre los míos aunque sólo fuera una vez.

De repente, sentí el sonido de la carne desgarrarse y un dolor infernal atravesar mi cuerpo. Caí de espaldas a la cama mientras me convulsionaba por el dolor. Sentía como mi sangre iba quemándose en mi interior, como mi vida parecía estar esfumándose ante mis ojos sin que yo pudiese hacer nada.

Giré mi cabeza para buscarlo con la mirada, incapaz de pronunciar palabra por el dolor. Lo encontré al lado de la cama, de pie, con el cuchillo en su mano mientras mi sangre goteaba en el suelo. Respiraba agitado, con la vista fija en mí. Me había clavado el cuchillo en alguna parte de mi cuerpo que no sabía dado que el dolor era generalizado.

-Es por tu bien, Lilith.- Dijo sin apartar la vista de mí.

-Du... Duele...- Conseguí decir cuando mi cuerpo sólo quería gritar de dolor. Vino hacia mí y se sentó a mi lado en la cama. Comenzó a acariciarme el pelo como acostumbraba estos días.

-No hables, pequeña.- Lo miré con los ojos rebosantes de lágrimas. ¿Por qué me había hecho esto? ¿Era mi castigo por perder a nuestro monstruito?- Dicen que cuando quieres tanto a alguien tienes que dejarlo ir. Yo también me he estado autoconvenciendo de que dejarte escapar fue la mejor decisión que pude tomar. Lo hice para que fueses feliz y la has cagado al intentar morder a Louis. Ese es el motivo por el que te castigo.- Se levantó de la cama y se fue hacia la puerta. Pude ver en el antebrazo de Tom el mismo tatuaje que tenía Bill en el pecho, el símbolo de la Biblia de los Vampiros.

Caminó hacia la puerta no sin antes volverse y dedicarme una última mirada. Sus ojos miel brillaban con la tenue luz, su boca dibujo una pequeña sonrisa perfecta y resplandeciente.

-Y seguro que aún te sigues preguntando si alguna vez te quise.- Abrió la puerta y se fue.