Capítulo 14

Capítulo 14


Aunque estuviéramos a principios de verano, de noche se podía sentir aún el frío. Las calles del centro de Hamburgo estaban llenas de gente comprando, cenando o simplemente dando una vuelta.

El mundo a mi paso parecía detenerse. Me sentía tan poderosa caminando entre tanta gente. La noche hacia que me sintiera así, lo había empezado a notar desde que se puso el sol.

El camino se me estaba haciendo más largo que la última vez. Ni siquiera sabía si se encontraría en su casa pero tenía que intentarlo. Desde lo que pasó la otra noche no podía dejar de sentirme mal conmigo misma.

El edificio de pisos donde vivía Adam se levantaba ante mí. La luz estaba encendida por lo que me alegré bastante. Tenía miedo por como reaccionase pero tenía que ir allí y pedirle perdón por todo. Lo había utilizado para mi propio beneficio y eso era lo más rastrero que había hecho nunca.

Empecé a subir escaleras hasta pararme delante de su puerta. Por un momento pensé en irme y mandarle un mensaje cuando estuviera en casa pero tenía que ser valiente. Apreté el timbre que resonó en toda la casa.

Tardé en escuchar los pasos acercarse a la puerta. Ésta se abrió dejándome ver a Adam con los ojos muy abiertos. Apenas llevaba unos bóxer puestos y una toalla alrededor del cuello.

-¿Qué haces aquí?- No estaba enfadado ni tampoco feliz sino sorprendido, como si hubiera visto un fantasma.

-Necesitaba verte.- Las mejillas me empezaron a arder cuando las imágenes de lo que pasó aquella noche empezaron a cruzar mi cabeza.- ¿Estabas ocupado?

-No, no. Pasa.- Se echó a un lado para que pudiera entrar.

La casa estaba un poco desordenada. Con cajas por todos lados. Me venían todos lo recuerdos de lo que pasó. La carrera hasta su habitación, la terraza, su cama...

-¿Quieres tomar algo?

-No, gracias.- Adam se toqueteaba la cabeza nervioso. Oía su corazón latir a una velocidad increíble. Una de las otras cosas que podía sentir al convertirme en esto.

-Perdona el desastre. Estaba arreglando algunas cosas y...bueno...Siéntate.- Quitó unas cuantas cajas que había en el sofá.

-Gracias pero yo he venido a hablar contigo, Adam.- Me senté y le hice un gesto para que se sentara a mi lado.

-Dime.- Se sentó muy lejos de mí como si me tuviera miedo.

-Quería pedirte perdón por lo de la otra noche. Yo me siento tan mal conmigo misma por todo.

-Yo soy el que debería pedirte perdón.- Se pasó una mano por la frente. Le daría un infarto como siguiera tan nervioso.

-Tú no tienes que pedirme perdón. Fui yo la...

-¡No! Yo sabía lo que eras y no te lo dije. Estuve un año ocultándotelo. Desde el primer momento en que te vi supe lo que eras y lo peor no es eso sino que aproveché que la otra noche estabas débil para hacer lo que llevaba deseando hacer desde que te conocí.- Su confesión me dejó sin palabras. Adam sabía lo que era desde el principio y no me había dicho nada.

-Si sabías lo que era debes entender por qué me acosté contigo.

-Sí. Sabía lo que habías planeado hacer. Notaba como poco a poco te debilitabas y lo que tenías que hacer para recuperarte.- Se sentó más cerca de mí y obligó a que le mirase.- ¿No te das cuenta, Elizabeth? Mis amigos no me habían dejado plantado, lo hice para que tuvieras la oportunidad de salvarte. Jamás me hubiera perdonado, que estando en mis manos, desaparecieras de mi vida. La idea de perderte me aterrorizaba cada minuto.

-¿Por qué no me lo dijiste?

-Porque tenía miedo de que te apartaras de mi lado.

-Nunca te hubiera dejado, Adam. Eres el mejor amigo que he tenido nunca.- Lo abracé con todas mis fuerzas. Ambos necesitábamos tenernos cerca.

-Ese es el problema. Yo no te veo como una amiga.- Me separé de él y le miré a los ojos. Adam estaba a punto de llorar.

-¿Qué quieres decir?- Adam soltó una risa triste.

-Eres tan inocente.- Acarició mi cara suavemente.- Aunque soy consciente de que ahora mismo podrías matarme si quisieras, no puedo apartarme de ti porque... te quiero.- Abrí los ojos de la impresión. Mi corazón dio un vuelco al escucharle.

-Yo... no sé que decir.

-No digas nada. Te traeré algo.- Adam se levantó del sofá y fue a la cocina.

Adam me quería, ¡a mí! No me lo podía creer. Era lo último que pensé que me diría. Debía reconocer que siempre se había portado muy bien conmigo pero nunca imaginé que lo hiciera porque me quería.

Mientras pensaba, fui recorriendo con la vista todas las fotos que estaban esparcidas por la mesa. En ellas había un niño que supuse, sería Adam. Una mujer muy guapa estaba a su lado sonriendo de una manera muy dulce. En otras, había gente reunida, escenas familiares, en navidad, cumpleaños y una que me impactó. La mujer de la sonrisa dulce estaba al lado del padre de Tom, el hombre que retuvo nuestra salida, estaba al lado de ella de una manera muy cariñosa. La cogí y le di la vuelta.

Jörg e Inga 26/04/2008

Era una foto de hace dos años exactamente. Justo el tiempo que llevaba la madre de Adam muerta. Debajo de la foto de ellos dos, habían muchas más. Ellos juntos, con más gente, con Adam de pequeño y una que me sorprendió. En ella, ellos dos, Adam, Bill y Tom. Era como una foto de familia. Tom no llevaba trenzas sino que tenía rastas y era rubio. Bill llevaba los pelos que parecía que había metido los dedos en un enchufe, y Adam estaba igual. Sólo la pareja sonreía, los chicos estaban serios.

-Han pasado muchas cosas desde entonces.- Adam apareció sigilosamente vestido y con dos vasos en la mano.

-No entiendo nada.

-Mi madre y el padre de Tom y Bill empezaron a salir hace cuatro años. Tenían planes para casarse pero ocurrió aquel accidente y...- Mi mente estaba intentando asimilar toda la información.

-¿Por qué no me habías dicho nada?- Adam se sentó y me dio uno de los vasos que llevaba en la mano.

-No me gusta hablar de esa etapa de mi vida.- Sus ojos estaban perdidos, recordando quizás el día de la foto.

-¿Eres un vampiro?

-¡No!- Adam pareció cabrearse ante mi pregunta.- Él convirtió a mi madre pero ella no quería que me convirtiese.- Le dio un trago a la bebida. Bebió tanto que casi se lo acaba todo de un trago.

No podía creerme todo eso. El padre de los chicos y la madre de Adam habían estado juntos cuatro años de su vida. Entonces, ¿por qué se odiaban tanto Adam y Tom? Habían sido casi hermanos y ahora se llevaban tan mal.

-¿Por qué os lleváis tan mal?

-Tom hizo algo que no le podré perdonar en la vida y no me preguntes el qué porque no pienso decírtelo.- Sus ojos se perdían en una vacío lejano.

Le entendía, no tenía por qué contármelo a mí. Recordar a su madre debía de ser duro para él. ¿Tan mal lo había pasado para querer olvidarse de todo?

Mis manos seguían pasando fotos. Había muchas de Adam con su madre, otras muchas de ella con Jörg y muy pocas de Tom y Bill, por no decir ninguna. Mientras que la pareja posaba feliz, los chicos estaban serios. Los semblantes de Tom y Bill no habían cambiado para nada. Sus fotos trasmitían la misma sensación que cuando los tenía delante. Frío, miedo, debilidad, oscuridad,...

Algo allí me sorprendió. Una foto estaba tapada con un trozo de tela negro pegado. Mis dedos se deslizaron por la tela.

Sangre. Dolor. Miedo. Soledad...Una rosa.

-Elizabeth, ¿estás bien?- Vi la mano de Adam moverse delante de mis ojos.

¿Qué había sido eso? Por un momento me había sentido como en otro mundo. Esos pensamientos hicieron que me encontrara mal en ese instante. Tenía ganas de llorar pero ¿por qué? Los ojos me escocían y sabía lo que vendría después.

-¿Qué es esto?- Mi voz sonó rota. Tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar con fluidez.

-No lo sé. No lo había visto nunca.- Adam cogió el álbum e intentó despegar el trozo negro de tela. Al parecer estaba muy bien pegado pero en un movimiento ágil, Adam logró despegarlo.- ¿Qué es esto?- Su cara se volvió blanca al instante y sus ojos se abrieron muchísimo.

Me acerqué para ver que le producía eso a Adam. Una lágrima se me escapó en el momento en que la vi. Era la foto de una niña de no más de tres años. Sus ojos miel brillaban intensamente junto con su pelo negro rizado. Mis mejillas se empezaron a empapar de nuevo. No entendía que me pasaba pero necesitaba llorar y gritar lo más fuerte que mis pulmones me permitieran.

-Es una vampiresa.- Adam parecía estar en la misma situación que yo, no entendía nada.- ¿Qué te pasa?- Soltó el álbum sobre la mesa y me miró preocupado.

-No lo sé.- Las lágrimas se deslizaban por mi cara a una velocidad fascinante.-Tengo que irme.- Me levanté del sofá y fui corriendo a la puerta.

-¡Espera!- Adam salió corriendo detrás mía. Me cogió del brazo e hizo que me parase.- Deja, por lo menos, que te lleve a casa.- Me abracé a él lo más fuerte que mis fuerzas me permitieron. ¿Por qué me encontraba tan mal de repente?

-Tengo miedo.- Lo apreté más a mí. Necesitaba sentirme protegida y me daba igual por quien.

-Tranquila.- Me apartó suavemente de él. Una sonrisa triste se le dibujaba en la cara.

Sus manos agarraron mi cara y con los pulgares secó las lágrimas. Sus ojos eran tan bonitos. Parecía que cuando los miraras te adentraras en un océano profundo en el que era imposible que te encontraran. Sus ojos se cerraron y se fue acercando lentamente. Sus labios cálidos chocaron con lo míos. Sí, ¿por qué negarlo?, lo necesitaba. Cerré mis ojos y me dejé llevar.

Sus labios eran tan suaves y cálidos que hacía que todo lo demás desapareciera para concentrate tan sólo en ellos. Adam me guió hasta el sofá donde me tumbó. Su cuerpo se dejó caer sobre el mío. Notaba como su corazón palpitaba sobre mí. Era un sonido tan relajante y tranquilizador.

Me quitó la chaqueta con cuidado mientras su lengua se movía ágilmente en mi boca. Tras eso, se dispuso a desabrochar los botones de mi pantalón.

-Para.- Se separó de mi con la respiración agitada. Quería hacerlo, me apetecía pero no podía. Una fuerza superior a mí me lo impedía. Algo en lo más profundo de mi ser, me decía que parase.-No puedo seguir, lo siento.- Adam se incorporó y se sentó en el sofá. Yo le imité.

-No pasa nada.- Se levantó y se arregló la ropa.- Venga, te llevo a tu casa.- Cogió las llaves que estaban colgadas y abrió la puerta.

Cogí mi chaqueta y me la puse. Adam parecía enfadado y era normal. Le había cortado el rollo cuando mejor se estaba poniendo la "cosa". Pensé que nunca diría esto pero me apetecía hacer el amor con él. Me daba igual sentir el terrible dolor que sentí la otra vez si conseguía sentirme bien.


[...]


En todo el trayecto en coche hasta casa, habíamos permanecido en silencio. Ninguno dijo una palabra de lo sucedido antes. Eran ya las diez de la noche y sólo Andreas sabía a donde iba. Esperaba que le hubiera dicho a los demás que tan sólo había ido a dar una vuelta.

-Hemos llegado.- Miré por el cristal la enorme verja que llevaba a casa tras cruzar el enorme jardín delantero.

-Gracias por traerme.- Como contestación, sólo obtuve un extraño ruido por su parte.

Me bajé del coche y éste arrancó perdiéndose en el horizonte. Fuera había humedad y frío. Una espesa niebla cubría parte del suelo.

Llamé al video-portero para que me abrieran. No quería permanecer mucho tiempo fuera Los alrededores de la casa eran como los de las pelis de miedo. Te sentías observada a cada instante y el ruido de los cuervos que rodeaban la enorme mansión se escuchaba como si los tuvieras al lado.

-¿Quién es?- La voz de Dorotha salió del video-portero.

-Soy Elizabeth. Ábreme, por favor.- A los dos segundos, escuché el cierre de la verja de hierro abrirse y a su vez, las puertas.

Algo se movió a mi lado. Miré hacia la dirección en la que había visto aquel bulto negro desplazarse. Una niña estaba sentada en el suelo agarrada a sus rodillas. No le podía ver la cara pero podía oír su llanto. Me acerqué sigilosamente para no asustarla.

-¿Estás bien, pequeña?- La niña no se movió. Seguía en la misma posición de antes. Me agaché para ponerme un poco a su altura.-¿Cómo te llamas?

-Liz.- Su voz era tan dulce. Por un instante, me recordó a la de Shelly.

-Es el diminutivo de Elizabeth. Yo también me llamo Elizabeth.- Por más que intentaba parecer simpática, seguía sin moverse. Tan sólo llevaba un vestido y no tenía zapatos.- ¿Dónde están tus padres?- Su cabeza todavía estaba entre sus piernas.

-No lo sé.

-¡¿Cómo que no lo sabes?!- ¿Sus padres la habían dejado aquí sola?

-¿Por qué me han dejado sola? Tengo miedo.- Volvió a llorar. La llevaría a casa conmigo. No podía dejar que se quedara sola aquí afuera con el frío que hacía.

Le puse una mano en el hombro para ayudarla a levantarse pero antes vi su cara. Me caí hacia atrás cuando contemplé su rostro. Su cara estaba llena de sangre al igual que su vestido y sonreía de la manera más siniestra que había visto nunca. Era la niña de la foto.

Me levanté del suelo lo más rápido que pude sin dejar de mirarle a la cara. No sabría describir lo que sentí en esos momentos, cuando se puso de pie y empezó a seguirme. Corrí hacia el interior de la verja sin mirar atrás. Nunca, en mi vida, había sentido tanto miedo como ahora. Era incapaz de pedir ayuda. Mis cuerdas vocales se habían congelado.

Abrí la puerta de la casa que estaba encajada y cerré con todas mis fuerzas. Me alejé de la puerta sin perderla de vista.

-Cuanto has tardado, cielo.- Escuché la voz de Simone en algún lado.- ¿Qué te pasa?- Mis rodillas se golpearon contra el suelo.- ¡Elizabeth!- Sentí las manos de Simone posarse sobre mí.

Mi mirada no se apartaba de la puerta. Tenía miedo a que entrara. Empecé a llorar y a gritar todo como si mi vida dependiera de ello. Quería arrancar me los ojos para así borrar esa imagen de mis retinas. De repente, empecé a escuchar murmullos a mi alrededor. Voces que no decían nada y manos que me zarandeaban.

-Dime algo, Elizabeth.- Simone estaba frente a mí con los ojos cargados de lágrimas. Estaba asustada.

-¿Estás bien?- Gordon estaba detrás de ella, mirándome preocupado.

-¿Qué te ha pasado?- Bill estaba sentado a mi lado y Tom al de Bill. Tom permanecía allí, observándome tranquilo.

-La-la he visto.- No me salía apenas la voz pero tenía que contarlo.

-¿A quién?- Andreas estaba a mi otro lado, agarrándome la mano.

-La niña de la foto.

-¿Qué niña? ¿De qué foto?- Simone estaba nerviosa y no entendía nada pero yo no podía quitarme aquella desgarradora imagen de la cabeza. La mano de Simone se posó sobre mi frente y cerró los ojos. Luego, los abrió de par en par y miró a Gordon, éste hizo un gesto de afirmación con la cabeza y se marchó.

-Estás muy cansada. Seguramente tu cabeza te ha jugado una mala pasada.- Bill se levantó del sofá y se puso al lado de Tom.

-¡Se muy bien lo que he visto!- Me levanté enfadada. ¿Cómo se atrevían a poner en duda lo que había visto con mis propios ojos?

-Han sido unos días duros. Será mejor que descanses.- Simone imitó a su hijo.

-¡¿Cómo podéis decir eso?!- Me parecía increíble. Me estaban tachando de loca o algo parecido. La había visto y tocado. Había contemplado su cara llena de sangre mezclada con lágrimas.

-A lo mejor es verdad.- Andreas miró a Bill y a Tom respectivamente.- Puede ser la hija de uno de los vecinos.

-Tienes razón.- Simone se toqueteó el pelo nerviosa. Ni ella misma sabía qué decir.- La hija del señor Klaus es muy traviesa.

-¿Qué vecinos? Esta casa está a varios kilómetros de la siguiente.- La casa más cercana que había visto estaba a unos tres kilómetros de aquí.

-Los que viven por los alrededores también son vampiros.- Bill le dio la razón a su madre.
Puede que tuvieran razón. Nunca me había cruzado con niños vampiros y si eran así de aterradores, prefería no hacerlo.

-No tiene sentido.- En ese momento me acordé de algo.

-¿El qué?- Simone saltó alterada.

-Era la misma niña que vi en la foto.

-¿Dónde viste la foto?- A Bill le había cambiado le expresión. Se había puesto muy serio y eso no era normal en él.

-En casa de A...- Corté enseguida. No podía decir que había estado en casa de Adam o Tom se enfadaría conmigo y era lo que menos quería. Tom enfadado daba más miedo que aquella niña.

-¿En casa de quién?- Simone me miraba curiosa. Ella no sabía nada de lo que había pasado aunque podría imaginárselo. Le dije que iba a salir con una amigo, la pasada noche, y volvía convertida en vampiresa. Era cuestión de lógica que lo averiguase.

-De..Adam.- Me fijé al momento en la cara de Tom. Él miró hacia otro lado sin cambiar su cara. El no saber en qué estaba pensando por sus gestos o su cara era desesperante.

-Bien.- Simone parecía desconcertada.- Será mejor que te vayas a la cama. Mañana será otro día.- Se fue hasta las escaleras y empezó a subirlas. ¿Se habría enfadado? Si ella le había preguntado a Andreas que dónde estaba y éste le había dicho que dando una vuelta, ahora, se habría dado cuenta que le había mentido. Ver la cara de decepción de Simone me hacía sentirme francamente mal.

-¿Quieres que te acompañe?- Andreas me ayudó a levantarme.

-Sí.- Empezamos a subir las escaleras y dejamos a Bill y Tom abajo. No habían mencionado una palabra desde que dije que había estado en casa de Adam.

Mi cuarto estaba perfectamente ordenado y la cama hecha. Me tiré en ella y dejé que mi cuerpo perdiera fuerza sobre el colchón. Andreas se tiró a mi lado sin mencionar una palabra y en ese momento se lo agradecí. No quería hablar de nada. No más preguntas, no más respuestas, sólo silencio. A veces el silencio era el peor de los ruidos pero ahora daba igual. Necesitaba no pensar en nada, dejar la mente en blanco y dormir.



[...]


Abrí los ojos. Estaba en mi cama de la misma manera en la que me había quedado dormida pero sin Andreas a mi lado. Todo estaba a oscuras y en silencio. Miré la hora en mi móvil. Las cinco y media de la mañana.

Me levanté de la cama y miré por la ventana. Todavía no había salido el sol pero la se podía ver un poco más de claridad que por la noche. La verja estaba cerrada y lo prefería así. Tenía entendido por Andreas, que a las cinco la abrían porque venía Alfred, el mayordomo, y Gordon se iba a trabajar.

No tenía ganas de estar en mi habitación así que decidí salir y dar una vuelta por la casa. Todo estaba en un silencio sepulcral en el que sólo se escuchó el ruido de las bisagras de mi puerta al abrirse.

Caminé por el largo pasillo hasta llegar a las escaleras. Empecé a bajarlas con mucho cuidado para no despertar a nadie. Aunque iba descalza, tenía que ser precavida. De algo que me había dado cuenta. era que podía escuchar incluso es sonido de una gota de agua caer sobre el suelo. Lo oía tan fuerte, como si de una cascada se tratara.

Me quedaba sólo dos peldaños para pisar el suelo cuando la puerta principal empezó a abrirse. Me tensé al instante. ¿Quién sería? Podría ser Alfred o Gordon pero mi sorpresa fue mayor. Tom apareció en ella y sus ojos se clavaron en mí. Llevaba una ropa distinta a la de anoche y tenía puesta las gafas de sol.

Anduvo hasta entrar y cerrar la puerta tras sí sin apartar la vista de mí. Ahora sería cuando explotaría y me gritaría por haber estado en casa de Adam. Pero en su lugar, empezó a subir las escaleras sin decirme nada. Pasó por mi lado como si yo no estuviera. Ni un simple "buenos días" o algo por el estilo. Nada.

-¿No vas a decir nada?- Me volví y le miré. Se había parado cuando a mitad de la escalera.- Llevas dos días sin dirigirme la palabra.- No se movía y ni siquiera me miraba.- No es que quiera que lo hagas pero pensé que después del otro día, las cosas habían cambiado.- Debía reconocer que estaba decepcionada. En estos días, me había sentido, sólo ,un poco más cerca de él.

-¿Qué te hace pensar que ha cambiado?- Estaba igual. Su voz sonaba indiferente como si el tema no fuera con él.

-No lo sé. Nunca sé que pensar cuando se trata de ti.- Y era cierto. ¿Qué pensar de él? No lo veía apenas y mucho menos hablaba con él.

-No pienses.- Empezó a subir de nuevo las escaleras. Como siempre, daba una respuesta corta a noches y noches de preguntas.

-¡No puedo!- Se volvió a parar. No era tan fácil dejar de pensar cuando te encontrabas en un mundo paralelo al tuyo. Lleno de cosas que para ti no tienen segundo pero que en realidad, llevan un mundo tras sí.- No es tan fácil.- Otra vez sentí como mis ojos ardían.- No sabes lo qué es sentir que no haces nada bien, que todo el mundo te mira mal, el no saber que va a ser de tu vida, el no saber que pasa a tu alrededor... No saber nada.- Las lágrimas volvían a recorrer mis mejillas. Sentía un nudo en el estómago y unas ganas enormes de correr hasta mi habitación, dejarla a oscuras y llorar encogida en mi, ya preciado, rincón.

-Por supuesto que no sabes nada.- Se dio la vuelta y me miró. Sus ojos eran ahora tan diferentes. Estaban llenos de recuerdos amargos y tristeza. No estaba la mirada de suficiencia que tenía normalmente. Ni un rastro de brillo... Ni un rastro de vida.

Bajaba los peldaños de las escaleras tranquilamente y yo, a su vez, retrocedía. Aunque quisiera, la sensación de miedo cuando estaba con Tom, no desaparecía. Su figura era tan indescriptible, tan superior a cualquier otra que era imposible no sentirse como algo insignificante a su lado.

Mi espalda chocó contra la puerta por la que minutos antes él había entrado. Lo tenía cada vez más cerca de mí y ese "crack", ese maldito "crack" que no había parado de sonar dentro de mí, lo volvió hacer. Algo se rompía en mi interior a una velocidad pasmosa, algo que no quería descubrir porque tenía miedo.

Se quedó parado a pocos centímetros de mí. No podía mirarle a la cara, no ahora. Mi mente viajaba en los recuerdos del día en que volví a nacer. Ese día había sido tan diferente.

-En realidad sabes más de lo que deberías saber.- Un paso más lo acercó a mí. Quizás milímetros era lo que nos separaba. Que más daba, ya no era capaz de pensar, ni de sentir y mucho menos de moverme.- Supongo que tengo que darle las gracias a tu querido Adam.- Frivolidad e ironía. Era él.

-Adam no tiene nada que ver.- Hablé bajito pero lo suficiente para que él me escuchara.

-Tienes razón.- Un golpe en la puerta al lado de mi cara hizo que me sobresaltase. Había golpeado la puerta y esperaba que el próximo destino no fuera mi cara.- Él sólo está enamorado de la dulce y tierna Elizabeth...- Crack.- ¡Él sólo te folló porque te quería demasiado como para dejarte morir! ¡Él sólo te ocultó que sabía lo que eras para protegerte! ¡Él no te contó lo del accidente de su madre porque le daba pena recordarlo! ¿No es cierto?- Repitió cada una de las palabras que Adam me había dicho, cada detalle. Él lo sabía.

-No tienes derecho a espiarnos.- No lloraría más, no delante de él.- Eres despreciable.- Otro golpe en el lado contrario del de antes, sonó.

-Lo sé.- Agachó su cuerpo hasta ponernos cara a cara.- Lo peor es que él también lo es pero eso no te interesa verlo.

-¿Por qué tienes tanto interés en hacerme ver quién es Adam realmente?- Una sonrisa cargada con maldad se dibujó en su cara. Miedo, no. Pánico era lo que sentí en el momento en el que su lengua volvió hacer el recorrido de aquella vez en la cocina. Crack.

El sonido de mi mano al estamparse contra su cara resonó en toda la casa. Me dolió más a mí de lo que pudo hacerlo a él. Me alejé de Tom a paso decidido. Sabía que estallaría y no quería estar presente. Se lo merecía por todo lo que había dicho sobre Adam y por supuesto, por tomarse esas libertades.

Su cara se volvió dejándome ver sus ojos azules casi blancos y la misma sonrisa de antes. Había herido su orgullo y eso no me lo perdonaría nunca. Se puso recto y anduvo hasta mí. Huí de allí lo más rápido que pude. Me descuartizaría como dijo que haría hace tiempo en el callejón.

Las lágrimas se perdían en el aire cuando corría. Me escondí debajo de la mesa de la cocina. Sabía que me encontraría pero no podía seguir huyendo. Me descubriría tarde o temprano. Ya me daba igual todo.

Cerré los ojos con fuerza. Apenas podía ver con claridad debido al líquido salado que se acumulaba en mis ojos. Varias lágrimas cayeron al apretar hasta perderse en mi cuello.

Cuando lo abrí, allí estaba ella, sentada y mirándome triste. ¿Era real o sólo una horrible pesadilla? Ya me sonaba de la otra noche pero ahora parecía hacerlo más. La había visto antes, mucho antes. Era un recuerdo del pasado metido en algún recóndito lugar de mi cabeza.

-Vete.- No era una orden sino una súplica por mi parte.- ¡Déjame en paz!- Estaba triste. Ambas lo estábamos pero que nos importaba. Ya no me daba miedo sino pena.- ¿Por qué lloras?- Por sus pequeños ojos se estaban empezando a deslizar lágrimas de sangre. Era tan aterrador como triste.

-Yo le quería y me ha dejado sola.- Sus hipidos al llorar hicieron que me contagiara. Sacó algo de su bolsillo. Una flor. ¡Mi rosa!

-¿Qué haces con ella?- Hice el amago de quitársela pero se la volvió a esconder.

-Es mía y de él. ¡No quiero que me la quites!

-¡Dámela!- Se abalanzó sobre mí y me mordió. Sus colmillos atravesaron mi piel y su veneno empezó a correr por mis venas. No dolía pero las imágenes que atravesaban mi cabeza, sí.


Estaba entre las rosas del jardín en el que estuve. Había miles de rosas negras y rojas dando color al clima que me rodeaba. Era todo tan bonito.

-¡Cozde, Ommi!- La niña, que ya conocía, corría hacia mí. Me atravesó como si de un fantasma se tratase.

-¡Liz, para! ¡Te vas a caer!- Un niño de unos seis años corría detrás de ella. Era rubio y sus ojos eran del mismo color que los míos. Me sonaba su cara pero no sabía de qué.

-Mida. ¡Qué gande etá ya!- Me situé a su lado, ya que no me veían, y observé en la misma dirección en la que lo hacían ellos.

Una rosa increíblemente parecida a la mía resaltaba entre todas. El chico saltó la verja que nos separaba de las rosas, cogió a la niña y la pasó al otro lado. Ambos se inclinaron a ver a la rosa. Me sorprendió bastante la manera en la que el chico saltó. Lo hizo igual que Tom. Los mismos gestos y movimientos.

El chico se mordió la muñeca y derramó su sangre sobre la flor.


Abrí los ojos. Mi respiración estaba agitada. ¿Qué significaba ese sueño? ¿Otro más sin sentido? ¿Por qué soñaba con ella y ese niño? Otra vez preguntas sin respuestas. Dejar de pensar no era tan fácil como le parecía a Tom. Tom no me había encontrado o eso pensaba.

Decidí salir de debajo de la mesa e ir a desayunar. No sabía que hora era pero tenía mucha hambre y sed. No había probado nada desde ayer por la tarde y no creía que aguantara más.

Dorotha me miró extrañada cuando me vio salir de allí. Sus ojos se abrieron a más no poder. Tendría que tener una pinta horrible para que se pusiera así.

-Buenos días, Dorotha.- Ella dejó las cosas que tenía en la mano sobre la encimera e hizo la misma referencia que le hacía todo el mundo a Tom. El pie izquierdo delante, el derecho atrás, la mano en el corazón y una pequeña inclinación del cuerpo hacia delante.

-Buenos días, señorita Elizabeth.- Nunca Dorotha se había comportado de esa manera. Quizás en estos días se celebrara "El día mundial de la reverencia" para los vampiros.

Salí de allí y fui al comedor. Bill estaba sentado en su sitio de siempre de espaldas a mí. Llevaba una gorra que ocultaba su característica cresta. Adoraba a Bill. Aunque pasara esa rara confusión por mi parte cuando me enteré de que estaba con Mara y encima me había besado a mí, le seguía queriendo o incluso más. No un simple cariño al que puedes tenerle a un amigo, había algo más. Un lazo invisible me unía a él a través de los sentidos.

-Buenos días, dormilona.- Se había dado cuenta de mi presencia sin ni siquiera mirarme. ¿Cómo hacían eso? Yo era incapaz de una cosa así.

-Bueno días.- Anduve hasta sentarme a su lado. Su sonrisa era tan perfecta. Sí, sin duda le quería demasiado. Me sentía tan bien a su lado que no comprendía el hecho de que Tom y él fueran hermanos gemelos. Cuando miraba a Bill a los ojos podía ver también a Tom pero sólo eso. Ni su manera de comportarse, de hablar, ni de moverse eran iguales a las de Tom.

-Hoy se te han pegado las sábanas.

-Un poco.- No eran las sábanas precisamente.- ¿Qué hora es?

-Las dos y media.

-¡¿Qué?!- Pues sí que me había quedado dormida...

-Lo de anoche te tuvo que dejar sin fuerzas.- Su voz cambió. Ya no era dulce sino irónica y fría.

-¿No entiendo lo que quieres decir?

-Ya me entiendes. El sexo entre vampiros y humanos a veces puede ser muy agotador aunque luego te sientes como si hubieras dormido doce horas seguidas.- Crack. Ese ruido resonó de nuevo en mi cabeza.

-No me he acostado con Adam y me duele mucho que pienses eso de mí.- Algo en lo más profundo de mi alma se quebró al escuchar esas palabra por parte de Bill.

-¡Ya lo sabía! Era una pregunta trampa, tonta.- Empezó a reírse de esa manera de la que sólo él sabía.

-A mí no me hace gracia.- Intenté parecer enfadada pero no pude evitar contagiarme de su risa.

Dorotha llegó con un vaso del líquido rojo, también conocido como sangre. El olor que desprendía lo había olido antes. Era la sangre de Tom. Su olor y la reacción que provocó en mí fortalecieron lo que pensaba. De nuevo el roce de mis colmillos contra mis labios. No podía apartar la mirada del vaso, viendo como se movía lo que había en su interior.

-Pensé que no te vol... te vería así.- Bill me miraba pero yo no podía mirarlo a él. Estaba totalmente hipnotizada.- Lamento comunicarte que tu único alimento hasta que termine la transformación es la sangre de mi querido hermano.

-¿Hasta que termine la transformación?- Desvié mi mirada del vaso y la centré en Bill.

-Sip. Es un "proceso" delicado. Sólo te llevará semanas.- No era una vampiresa completamente. ¿Qué me quedaba? ¿El sacrificio de cien bueyes? Al paso que iba necesitaría un pen-drive - Como no te la bebes se te va a coagular.- Bill seguía comiéndose su helado tan tranquilamente mientras yo procesaba toda la información.

El olor de la sangre era irresistible pero era la sangre de Tom. Su sangre. Entonces, ¿por qué me dijo que era "nuestro secreto"? Pensaba que el secreto era que había bebido su sangre pero al parecer, no era eso. ¿A qué se refería entonces?

Cogí el vaso y lo puse en mis labios. Con una suave inclinación de mi mano, aquel fluido rojo casi negro, entraría en mi cuerpo. Sentir de nuevo su sangre recorrer mi cuerpo era algo extraordinario e indescriptible. Sólo esto me hacía sentir cerca de él. Era tan simbólico y a la vez tan triste. Sentir sólo bebiendo su sangre que estaba cerca de él era penoso. Él me había convertido, me había dado una nueva vida y lo único que yo sabía de él era su nombre y poco más. Realmente triste.

Su sangre entró en mi boca. Tragué con miedo. Su sangre corrió por mi esófago dejando un rastro de fuego a su paso hasta llegar a todo mi cuerpo. No se paraba en el estómago sino que directamente pasaba a formar parte de mí.

-¿Duele?- Bill me miraba entre asombrado y asustado. Tenía su cabeza apoyado en su mano con esa carita tan angelical que ponía.

-¿El qué?- Solté el vaso vacío en la mesa. Debería de reconocer que si fuera por mí, estaría lamiendo el vaso para coger cada gota.

-Morir.- Crack.- ¿Duele?- ¿Dolía morir?

-Mucho.- No era dolor físico sino un dolor clavado en alguna parte de mi cuerpo que nunca menguaba. Siempre estaba ahí y cuando estaba con él, crecía.

-Estoy seguro que vivir es peor. La luz es cegadora cuando intentas mirarla a fijamente.

-En la oscuridad, tropiezas porque no ves.- De nuevo la metáfora de la luz y la oscuridad. La luz, la vida. La oscuridad, Tom. No había nada más oscuro que aquel que decía llamarse Tom Kaulitz. Ni la noche, ni un cuarto a oscuras, ni el mismo infierno era más oscuro que él.

-Hasta que de tanto caerte ya sabes por donde coger.- Pero yo sólo hacía caerme y nunca encontraba el camino. ¿Cuántos tropezones me quedaban?- ¡Tengo una idea!- Se levantó de la silla y empezó dar palmitas y sonreír.- ¿Qué te parece si nos vamos de shopping por ahí?- Fruncí el ceño. Los cambios de humor de este chico eran lo que no había.- Espero que tu respuesta sea un "sí" porque no pienso ir solo.- Levantó una ceja esperando mi respuesta. La verdad era que no tenía muchas ganas de salir pero el aire fresco me sentaría bien y al estar con Bill tenía la carcajada asegurada.

-Esta bieeeeeeeeen.- Le imité y me levanté de la silla. Bill me abrazó y me dio un beso tan fuerte en la mejilla que casi me la deja aplastada para siempre.- ¡No seas bruto!- Dije entre carcajadas.

Sin duda alguna, Bill era especial y algo, no sabía muy bien el qué, me atraía hasta él. ¿Qué era esa sensación que sentía cuando me abrazaba? Un recuerdo lejano pasó por mi cabeza. Los mismos brazos, la misma cara, sus ojos... En otra vida debí conocer a Bill, en una vida no muy lejana a esta.


[...]



Después de tres horas y una decenas de bolsas, paramos para tomarnos algo. Bill era un maníaco de la ropa y los accesorios. Compraba en un visto y no visto y lo fuerte era que ¡todo le gustaba! Pero eso sin duda no era lo más extraordinario sino que iba a las tiendas más caras y con una simple pasada de tarjeta se llevaba media tienda. Había cogido cosas para mí (tras insistir cuatro mil veces que no hacía falta), para Simone, Mara, Andreas, Gordon y sobretodo, para Tom. Cada vez que vez que veía alguna camiseta de las que llevaba Tom o cualquier cosa de su estilo, se la compraba. Decía: "¡Esto le va a encantar a Tom!" y se lo llevaba. Sin duda, Bill era un fashion victim.

-¿Qué te parece si descansamos un poco?- Eran las siete y yo ya estaba muerta. No habíamos parado en toda la tarde y mis reservas de energía estaban agotadas.

-Me parece una buenísima idea.- Cogí la carta y me pude a mirar. La verdad era que todavía no había probado nada típico alemán.- ¿Qué me recomiendas?- Bill se puso en posición "pensante".

-Nada, no puedes comer.- Era verdad.- Tampoco te pierdes nada. La comida alemana es una mierda. Lo más famoso que hay son las salchichas y la cerveza pero yo a ti no te veo con cara de que te guste la cerveza.- Me guió un ojo y sacó esa asquerosa sonrisa burlona que me recordaba a mi primer encuentro con él en el que me pareció la persona más odiosa del mundo.

-¿Qué insinúas? ¿Qué me gustan las salchichas?- Empezó a reírse escandalosamente como sólo él sabía hacer. Todo el mundo nos miraba. Unos se reían y otros cuchicheaban por lo bajo.

-¡¿Te gustan las salchichas?!- Me sonrojé al instante cuando gritó aquello sin parar de reírse. La gente no sabría de qué estábamos hablando y encima el otro se ponía a gritar semejante cosa.

-Cállate. Todo el mundo nos está mirando.- Mis mejillas ardían. Seguramente estaría como un tomate.- Y no, no me gustan las salchichas.- Dije mosqueada.

-Eso lo dices porque no has probado las salchichas alemanas.- Le miré con cara sarcástica. Y yo que pensaba que él era dulce y educado pues no. Resultaba que Bill, como todo hombre, sólo pensaba en lo mismo.

-Sabía que esas carcajadas sólo podían ser de Bill Kaulitz.- Una voz femenina extrañamente conocida hizo que Bill parara de reírse.

Miré hacia donde provenía el sonido. ¡Era la chica vampiresa que me encontré en el baño! La primera vampiresa que conocí y la sensación no me gustó nada. La misma sensación que tenía en este momento. Un sentimiento oscuro que predominaba en la mayor parte de mi cuerpo y cada vez se apoderaba de más. Apenas había hablado con ella y ya me caía mal. Normalmente, nunca juzgaba a una persona sin conocerla pero este caso era especial.

-Vaya, Sasha. No esperaba encontrarte aquí. ¿Desde cuando te mezclas con humanos?- La ironía de Bill era impresionante. No la miraba y mucho menos le hablaba bien.

-Desde que voy a la universidad.- Ella seguía sonriendo como si nada aunque si no notaba la arrogancia de Bill, era que la chica muy bien no estaba.- ¿No piensas presentarnos?- Por primera vez, me miró. La misma sensación pero multiplicada por cien.

-Ella es Elizabeth, Elizabeth, Sasha.- Hacía como si no me conocía y eso me fastidió bastante.

-Ya nos conocemos.- No quise parecer antipática pero mi voz, en ese momento, no pareció amistosa en absoluto.

-Así que todavía te acuerdas de mí...

-Sí.- Un duelo de miradas en el que saltaban chispas entre ella y yo.

-Un placer haber estado con vosotros. Nos vemos en la confirmación, Bill.- Después de un rato mirándonos, rompió el silencio y se fue.

-¿Por qué no me habías dicho nada?- Bill me sacó de mis pensamientos e hizo que le mirase.

-No le di importancia.- Y era verdad. En ese momento sentía una angustia espantosa, me encontraba mal y no me concentré demasiado en ella.

-Está bien.- No parecía muy convencido. Sus carcajadas habían cesado para dar paso a una cara de frustración mientras miraba los menús.

-No sabía que la conocías...- Bill levantó la mirada de la carta. Sus ojos estaban rojos como la sangre. Los mismos ojos de Tom, la misma expresión, la misma sensación que hacía que me encogiera en mi interior.

-Es la novia de Tom.- Crack, crack, crack... Lo que quedaba de ese algo que se rompía terminó por quebrarse y caer.

Nunca en mi vida o en mi no vida, había sentido lo que sentí al escuchar aquellas palabras de Bill. Un pinchazo en el pecho y una sensación de malestar recorrió mi cuerpo. ¿Qué era eso? ¿Qué sentía? Fuera lo que fuese, dolía mucho. Notaba mi mirada perdida en algún punto del restaurante y la miraba de Bill pero no me importaba.

Cientos de imágenes sin sentido pasaban por mi mente. Aquel sueño que había tenido debajo de la mesa de la cocina se repetía una y otra vez. Una mujer sin rostro llorando, el grito de una niña y mi rosa de terciopelo manchada de sangre fueron algunas de las cosas que vi en mi subconsciente. Pero en todas ellas estaba él. Sus ojos miel hacían que me estremeciera en mi silla y que la piel se me pusiera de gallina.

¿Desde cuándo la oscuridad se había apoderado de todo mi ser?



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