Capítulo 34

Capítulo 34


By Lilith


Otra caricia y me volvería loca por completo. Sus manos tocaban mi piel como si temiera romperme como siempre hacía, pero esta vez era distinto, incluso lo había visto sonreír hasta antes de sumergirme en un mar de sensaciones. Cada roce de sus dedos por mi barriga me producía cosquillas a la misma vez que calor, ese calor que llevaba sintiendo una semana y que no desaparecía sino que aumentaba cuando lo tenía cerca.

Su lengua empezó a subir desde mi tobillo hasta arriba lentamente mientras que su dueño no me quitaba el ojo de encima viendo como me deshacía en gemidos de placer. Pensar que lo que estábamos haciendo nos llevaría directos al infierno no me importaba demasiado. Habíamos pecado una y otra vez y otra y otra y otra y otra... ninguno de los dos tenía intención de parar.

La vida de un vampiro ya era un infierno y con él a mi lado, ese infierno se convertía en el mejor de los cielos. Este mundo ya era un infierno en el que mi hermano era el líder, el diablo que regía sobre todas y cada una de las personas que vivían aquí.

-¿Te gusta?- Su voz salió de la nada. Suspiraba agitado pero no era nada comparado conmigo. Tom parecía no querer demostrar lo excitado que estaba hasta que llegase el momento oportuno.

-¿En... enserio ten... tengo que... contestarte?- No me salía las palabras o simplemente no quería hablar. Deseaba estar en silencio donde lo único que pudiera romperlo fuera nuestros gemidos. Si hablaba no podía concentrarme en él.

-No, no hace falta.- Rió ¡Rió! Y quise despertarme de mi estado de embriaguez sexual y ver esa esperada sonrisa en su rostro pero su cuerpo se dejó caer sobre el mío y se me hizo imposible moverme.- Ya no te da miedo estar en las garras de un monstruo, ¿verdad?- Me miraba con los ojos azules alterados por la excitación. ¿Cómo concentrarse en su palabras cuando no dejaba de mover el piercing de su labio?

-No hables.- Acaricié sus trenzas y les metí un tirón hasta poner ese tentador piercing cerca de mi boca.- Házmelo, Tommy, no puedo más.- Sonrió orgulloso. Había conseguido volverme absolutamente loca por cada movimiento, palabra o respiración suya.

Su boca se apoderó de la mía con movimientos salvajes y húmedos. Nuestro cuerpos se movían al unísono de nuestro gemidos mientras el mundo iba desapareciendo poco a poco de nuestro alrededor. Sólo estábamos él y yo, cuerpo a cuerpo, en una batalla en la que ambos competíamos por hacer disfrutar al otro.

-Des... pier... ta.- Sus labios sobre mi cuello articulaban una palabra que no tenía sentido.- Li... lith, vamos.- ¿Qué le pasaba?- ¡Lilith!

De repente me encontraba con la cara de Bill pegada a la mía mostrándome sus perfectos dientes. No me había dado cuenta pero mi cara estaba bañada en sudor y a mis pulmones parecía faltarles el aire. Cuando por fin recobré conciencia de dónde estaba, un nerviosismo patético tomó posesión de mi cuerpo. Mi cuarto, mi cama, mis sábanas... Bill.

-¡Buenos días!- Su abrazo dificultó más aún mis intentos de respirar.- He venido a ayudarte a recoger tus cosas para mudarte a... ¡mi casa!- Abrió los brazos como si fuese un presentador de televisión cuando un concursante ganaba un premio.

-No es sólo tu casa.- Me destapé un poco y vi como mi pijama se había quedado completamente pegado a mi cuerpo por el sudor. Volví a taparme antes de que Bill se percatara pero como siempre, subestimar a Bill respecto a su suspicacia, era cosa de tontos.

-¿Estabas soñando?- Levantó una ceja interrogante. Obviamente, no podía decirle que había estado soñando con... esto... Tom, y mucho menos decirle que era un sueño un poco “subidito” de tono.

-No.- Me destapé y comencé a caminar hacia el baño ignorando completamente la persecución de mi hermano por toda la habitación.

-¿Has pasado calor?- Cogí la ropa que me iba a poner hoy, bueno, a mirar la ropa que me iba a poner para meter todas mis cosas en maletas y cajas, y mudarlas hasta la casa de mis hermanos.

-Un poco.- Bill empezó a rebuscar en mi armario y de momento sacó unos vaqueros y una camiseta que no recordaba que fuese mía. Un momento, esa camiseta no era mía, ¡era la que me dejó Tom!

-¿Y esto?- La cara de Bill era un poema y la mía no tendría que andar muy desencaminada.

-Esto... esto...

-¿Te has vuelto a acostar con Tom?

-¡No, no, no, no, no, no, no!- Le quité a camiseta de las manos y la empecé a moverla de un lado para otro intentando explicarle a Bill la razón por la que tenía su camiseta.- El otro día cuando me quedé a dormir en vuestra casa, Tom me la dejó porque no tenía ropa limpia y...

-Vale, vale.- Comenzó a reírse con esa sonrisa tan fascinante que poseía, una auténtica obra maestra de la naturaleza.- Que era broma, mujer.- Se dirigió a la puerta no sin antes volverse y mirar mi cara de no entender nada.- Póntela, estoy seguro de que te quedará muy bien.- Y cerró la puerta tras sí.

Me metí en la ducha con la intención de quitar el sudor de mi cuerpo y despejarme de ese sueño tan raro que había tenido. ¿Por qué demonios había soñado eso? ¿No se suponía que ese tema había terminado? Realmente, ¿terminó alguna vez?

Desde hacía unos días, cada vez que veía a Tom mi cuerpo ardía y empezaba a temblar. Nunca antes me había pasado eso con nadie y ahora me ocurría con la persona menos indicada. Por lo que tenía entendido, un vampiro no podía pasar mucho tiempo sin sangre ni sexo, y yo, debido a mi “necesidad” de beber la sangre de Tom y estar dos años sin ella, no lo había pasado muy bien. A eso había que sumarle las necesidades básicas de cualquier ser humano/vampiro que se precie, el sexo.

Entonces, y si mi teoría era cierta, necesitaba o la sangre de mi hermano o sexo, no hacía falta decir que ninguna de las dos me llamaba demasiado la atención. Sin embargo, mi cuerpo no decía lo mismo. Recordar el sueño que había tenido minutos atrás no ayudaba demasiado a controlarme a mí misma y no estaba muy segura de si podría soportar estar cerca de Tom sin lanzarme a su cuello (para ambas opciones).

Salí de la ducha y me puse la ropa que Bill había elegido para hoy. Por mucho que lavase la camiseta de Tom seguía oliendo a él. Cada fibra de su camiseta seguía guardando el olor de su dueño, el olor de mi hermano, de Tom... Estaba tan raro. No me gritaba y salvo por la bofetada merecida por haber mordido a la directora, no había vuelto a ponerme la mano encima. Siempre intentaba esquivarme y yo a él, pero en cambio, Tom creía que yo no lo sabía. Evitaba estar en el mismo sitio que yo, incluso hablarme nada más que para lo estrictamente necesario. No entendía su comportamiento aunque sí el porqué de él. Yo le había pedido que fuésemos hermanos normales y él lo estaba intentando, a su manera, pero lo hacía. No pretendía que cambiase de la noche a la mañana y que fuéramos dar una vuelta juntos, contarnos nuestros problemas o simplemente actuar como si nunca hubiese pasado nada.

Tom lo estaba intentando y la primera vez que vi su nuevo comportamiento le grité y le insulté sin creerme nada de lo que decía. Cada vez que me acordaba de ese desastroso incidente en la azotea de su casa, me daba vergüenza de mí misma. ¿Cómo podía haberme comportado de esa manera?

Salí de la que sería mi antigua habitación en pocas horas, y bajé al salón donde mi tía esperaba junto con un montón de cajas y maletas. Por lo visto, hoy no había ido a trabajar como cada sábado. No llevaba esos vestidos tan elegantes y sofisticados para la agencia de modelos de la cual era directora, sino que vestía de una manera más sencilla sin perder su esencia.

-Buenos días, querida.- Sus delgados brazos me abrazaron sin apretar demasiado, como todos hacían...- Bill dice que enseguida vuelve. Ha ido a comprar no sé qué para desayunar.- Tiró de mí hasta sentarnos en el sofá beige del enorme salón.- Mira lo que he encontrado.- Mi tía me dio un libro algo viejo y desgastado en el que se podía leer Álbum de los Kaulitz. Era rojo y tenía un tacto parecido al de la piel de un elefante. Los años habían perjudicado el rojo tan brillante que pareció envolverlo años atrás.

-¿Un álbum?- Mi tía sonreía mientras lo abría cuidadosamente.- ¿De que año es?- La primera foto que salió era una de mis padres junto a mi tía y mis abuelos. Mi madre y mi tía se abrazaban sonrientes posando para la foto, mi padre estaba serio junto a mi abuelo, ambos con porte solemne. Separada del grupo, mi abuela. Su cara mostraba una sonrisa fingida marcada por algunas arrugas. Sus ojos parecían estar cansados y perdidos en su interior.

-Es de 1945. ¡Fíjate que ropa más fea!- Comenzó a reírse escandalosamente mientras yo seguía observando la foto, más concretamente, a mi abuela. La echaba tanto de menos...- Fue un día que nos fuimos al campo con la familia Listing. Los chicos y el hijo de la señora Listing se fueron al río y tú, como eras muy pequeña y no podías ir, te enfadaste muchísimo porque querías ir con tus hermanos.- Los recuerdos de aquel día fueron llegando poco a poco. Mis hermanos y Georg se fueron a dar una vuelta por el río y a mí no me dejaron ir. Estaba tan enfadada que no comí ni hablé en todo el día.

-Lo recuerdo.- Sonreí al pensar en lo bien que estábamos como familia. Todos juntos, sin problemas,...

-Ésta es de Simone.- Clavé los ojos en la fotografía en la que salía mi madre sonriendo.- Desde entonces no ha vuelto a sonreír.- Las palabras de mi tía retumbaron en mi estómago de la misma manera en la que lo hace el sonido de un tambor cuando estás al lado. La mire interrogante pero ella no se percató de mis ansias de respuesta.

-¿Por qué dices eso?- Mi tía me miró con tristeza y acarició mi cara dulcemente.

-Nunca debió de casarse con Jörg.- Volvió a centrar su atención y a pasar fotos sin pararse mucho tiempo en mirar ninguna.- Los Kaulitz son incapaces de amar y a Simone eso le costó muy caro.- Mi mente intentaba procesar todas las palabras de mi tía sin mucho éxito. Hacía rato que yo también había dejado de estar atenta a lo que decía para centrarme en los recuerdos. Peleas, gritos, lágrimas de mi madre, enfados de mi padre, golpes, golpes, golpes... y una niña encerrada en su habitación, con los oídos tapados y cantando una canción para no escuchar.- Se portó mal con ella. He visto como mi hermana salía llorando cada vez que hablaba con él y como se torturaba pensando que era ella la que tenía la culpa de los enfados de Jörg.- ¿Por qué todo esto me resultaba familiar?- El cretino de Jörg debería de estar muerto.- Mi tía apretó la mandíbula tragándose toda la rabia que se dejaba tonar en el tono de su voz.

-¡Basta!- Me levanté del sofá enfadada.- No voy a consentirte que hables así de mi padre.- Mi tía me imitó hasta ponerse frente por frente y agarrarme las manos.

-Entiendo que quieras defender a tu padre, Lilith, pero lo que le hizo pasar a tu madre no estuvo bien. Nadie se merece un sufrimiento tan grande.- Dijo con tono apaciguador.

-Lo sé.

-Le quiero, es mi hermano y me duele.- Mi tía me soltó las manos y me besó en la cabeza. Sabía lo reprochable de mi padre. Su comportamiento no había sido el adecuado ni había... un momento, ¿qué había dicho? ¿Mi hermano?- ¿Qué te pasa?

-Te has equivocado, has dicho mi hermano a mi padre.- Reí ante su equivocación mientras ella sonreía sin entender muy bien por qué.

-No me he equivocado, querida.

-Sí, has llamado hermano a mi padre.

-¿Y? ¿Dónde está la equivocación?

-Pues que tu hermana es mi madre, no mi padre.

-Bueno, son los dos.

-¿Qué?

-¿Qué te pasa, Lilith? Estás como ida.

-¡Ya estoy aquí con el desayuno! He traído un montón de dulces y... ¿Qué pasa?

-Lilith se ha liado un poco.

-No me he liado.- Me volví hacia Bill.- ¡Dice que papá es su hermano!- Empecé a reírme esperando que Bill se uniera pero en lugar de eso, bajó la cabeza y cogió aire profundamente.- ¿Qué te pasa? No reconoce que se ha equivocado.- Paré de reírme porque parecía una idiota.

-No me digas que no lo sabe.- Mi tía pareció indignada con mi hermano. Se llevó una mano a la frente y se volvió, dándonos la espalda a mi hermano y a mí.

-Que no sé el qué.- Sin saber por qué, comencé a ponerme nerviosa. Esperaba con anhelo que Bill levantara la cabeza y me dijera qué demonios estaba pasando.

-Lilith...- Bill me miró negando con la cabeza lentamente. Me mareé. Tenía ganas de vomitar, gritar o simplemente huir. En lugar de eso, tuve que sentarme si no quería desplomarme en el suelo.- La tía tiene razón.- Mi cabeza se quedó parada en algún punto de mi subconsciente.  Nada tenía sentido, todas las palabras se esfumaban de mi memoria y los recuerdos que había tenido durante toda mi vida se iban quemando como si de unas diapositivas se tratasen. No quería escuchar nada que me dijese lo que pensaba.

Cerré los ojos y vi de nuevo la misma escena, una niña encerrada en una habitación oscura, con los oídos tapados por una manitas temblorosas, encogida en rincón cantando una canción. Su melena rubia se balanceaba al compás de su cuerpo. Las lágrimas mojaban la parte del vestido que cubría sus rodillas. Estaba inmersa en un mundo imaginario en el que no había gritos ni golpes ni lágrimas de nadie, sólo el cielo oscuro...


[…]


-¿Sabes por qué no se lo han dicho?

-No.

-Deberían de habérselo contado, así no hubiese pasado la mayoría de las cosas.

-Supongo.

-La tía no sabía nada, de lo contrario se hubiese callado. Espero que no se acuerde de nada cuando se despierte. Lo has hecho bien, ¿no?

-Sí.

-Aunque nosotros no tenemos la culpa, mamá y Jörg deberían de habérselo dicho, ¿no crees?

-Sí.

-Ahora el marrón nos lo comemos nosotros... No debe de enterarse hasta que mamá nos diga algo.

-Ya.

-¿Se habrá enterado ya? A lo mejor la tía ya se lo ha contado. No quiero ni imaginarme lo cabreada que se va a poner mamá.

-Ya.

-¿Puedes decir algo más contundente que un monosílabo?

-No.

-Que te follen... Voy a ir a por un poco de sangre para cuando se despierte.

Había escuchado la conversación entre mis hermanos o el monólogo de Bill dado que Tom no decía mucho. No tenía ganas de abrir los ojos, me pesaban mucho y estaba muy cansada.

Una mano helada tocó mi frente y como un auto impulsó, abrí los ojos con lentitud. La luz poca luz que había me cegaba por completo. De repente, cuando por fin distinguir algo entre las sombras que visualizaba, vi a Bill justo delante, con la sonrisa propia de él. ¿Por qué tenía la sensación de que esto ya lo había vivido antes?

-¿Estás mejor?- Su mano volvió a acariciarme a la vez que yo sentía como mi piel cogía la misma temperatura que la suya.

-¿Dónde estoy?- Me dolía la cabeza y tenía la garganta seca.

-En casa.- Doblé la cabeza para asegurarme de mi posición. Lo primero que vi fue a Tom. Estaba sentado en el sofá con algo que no lograba distinguir en la mano. Su mirada me daba miedo, transmitía terror pero ¿por qué? ¿No habíamos dejado eso atrás?- Toma, tendrás sed.- Me incorporé como pude hasta que Bill me tendió una copa llena de sangre. La necesitaba tanto que me la bebí de un trago. No me dio tiempo a paladear, estaba sedienta y quería más.- ¿Qui... quieres más?- Asentí con la cabeza y Bill desapareció para traerme otra copa de aquel magnífico líquido.

-Ho... hola.- Saludé a Tom con miedo. Volvía a tenerlo sólo que no estaba segura si le tenía miedo de él.

-Hola.- Lo que tenía en la mano era un vaso lleno de sangre al cual se bebió de un sorbo mientras me miraba.

Sus ojos siempre me habían llamado la atención. Pese a ser los mismos que los míos transmitían algo imposible de saber qué era, oscuro y tenebroso, pero que a mí me encantaba. Eran los mismos que los de Bill o los de mi padre pero en contraposición con ellos, me quedaría horas y horas observando los de Tom. ¿Habría sentido mi madre lo mismo por los de mi padre? Claro, los dos eran her...

Me llevé la mano a la boca evitando que saliera el grito de pavor que había trepado por mi garganta. Se me había olvidado por completo...

-Aquí tie... ¿qué te ocurre?- Bill movió su mano frente a mis ojos hasta que reaccioné.

-¿Por qué no me dijisteis nada?- Me escocían los ojos y la garganta se me había empezado a secar de nuevo.

-¿Decirte el qué, Lilith?- Bill parecía no entender y a la vez, saber la respuesta a mi pregunta.- No sabemos de qué estás hablando.

-¡No te hagas el tonto! ¡¿Por qué no me dijisteis que papá y mamá eran... eran hermanos?!- Bill dio un paso atrás con los ojos abiertos de par en par. El sonido del vaso de Tom al chocar con la mesa fue lo único que rompió en silencio después de mis gritos.

-¿Te... te... te acuerdas?

-¡Claro que me acuerdo!- Bill miró alarmado a Tom y ambos me miraron a mí, Bill con cara de espanto y Tom,,, bueno, Tom seguía igual.

-¡Dijiste que lo habías hecho bien, imbécil!- Bill le gritó a Tom enfadado.

-Y lo he hecho.- Tom me miró escrupulosamente y luego se sentó como si no hubiese pasado nada, ajeno al cabreo que yo tenía.

-¡¿Qué más da eso ahora?! ¡¿Por qué no me dijisteis nada?! ¡Papá y mamá son... hermanos y yo como siempre soy la última en enterarme!- Pasé mi mano corriendo antes que las lágrimas resbalaran por mis ojos.

-Mamá no quería que te enteraras. Eras muy pequeña para decirte que tus padres eran hermanos, no lo hubieras entendido.

-¡Era pequeña antes, Bill! ¡Habéis tenido tiempo para decírmelo y nadie lo ha hecho! ¡¿Por qué?!

-Pensábamos que viniendo de una familia de humanos no entenderías que dos hermanos pudieran estar juntos. Habrías pensado que éramos monstruos o animales a los que les da igual acostarse con quién sea.

-¿Te estás oyendo, Bill? ¿Qué me vas a contar que yo no sepa? ¡Soy el puto resultado de vuestras mentiras! ¡¿Qué quieres que les reproche cuando yo he hecho lo mismo?!

-No es culpa nuestra.- Tom se levantó del sofá haciendo que mis lágrimas salieran esta vez, silenciosas.- Deberías de haberte dado cuenta tú sola.- Cogió el vaso que Bill había traído para mí y se lo bebió él con una calma irritante.- ¿Nunca te preguntaste por qué mamá tiene los mismo apellidos que papá aún estando soltera? ¿Por qué sólo conocías a unos abuelos? ¿Por qué cojones papá y mamá se parecen? Nunca te has preguntado eso porque eres estúpida. Una persona con dos dedos de frente se habría dado cuenta antes que tú.- Tenía razón, siempre la tenía. No sabía cómo pero cada vez que hablaba conseguía que fuese yo la que se sintiese culpable de todo.

-No intentes hacerme sentir culpable, Tom. Yo no tengo la culpa de nada.- Me sequé las lágrimas y anduve hasta la puerta sintiendo como las miradas de mis hermanos se clavaban en mi espalda como alfileres. Necesitaba salir y pensar sólo que con Tom diciendo lo idiota que era no podía.

-Lilith, ¿dónde vas?- Bill me llamó tembloroso.

-No lo sé.- Agarré el pomo de la puerta y lo apreté fuertemente. Estaba cabreada y a la vez sentía como si mi vida fuera un teatro, y yo, un títere movido por toda mi familia.

-No salgas.- La orden contundente de Tom hizo que mi cabreo aumentase. Estaba harta de seguir órdenes y de comportarme bien para no hacerlo enfadar.- Si sales, no vuelvas a entrar.- Saqué valor de donde no tenía y sin pensármelo dos veces, levanté mi dedo corazón hacia Tom, abrí la puerta y salí.


[…]


By Nate



¿Qué hora serían? ¿Los dos de la madrugada? Estaba cansado, mucho, pero aun así no conseguía dormirme. No era una noche para dormir. La Luna brillaba por su ausencia cuando esta noche se suponía que había Luna llena, las calles estaban oscuras más de lo que acostumbraban estas de la periferia y una niebla siniestra no dejaba ver más allá de dos metros de mi ventana. No se escuchaba nada en la calle para ser un sábado de madrugada.

Apagué la tele antes de que comenzara la teletienda vendiendo productos estúpidos. No me apetecía nada acostarme así que cogí el libro de Luca Gilltone y me lo llevé a la cama. Me tumbé dejando que mi cabeza reposara en la almohada. Volví a sumergirme en el maravilloso mundo donde sólo estábamos Elizabeth y yo. Nunca le puse cara a la hija del autor del libro pero ahora, su rostro tenía su cara. Sonreía de la misma forma que lo hacía en la foto de su expediente. Antes, Elizabeth era una imagen mental de la hija de Luca, ahora, Elizabeth era Lilith o así quería verla yo. Ponerle rostro había sido mi gran desesperación desde que compré el libro...

“Mientras tatarea aquella canción que siempre canta sin haberla escuchado de nadie, coge las rosas del jardín con suma tranquilidad. Sus labios se mueven al son de las notas musicales que se pierden en la brisa del mes de mayo parisino. Mi hija, mi pequeña Lizzy se hace mayor y pronto comenzarán las preguntas que no sabré responder.

Hoy me ha preguntado que por qué la vida es tan preciada para los seres humanos. ¿Qué clase de pregunta es esa para una niña de cinco años? Ella no es una niña de cinco años. Definir a Elizabeth es algo tan complicado como explicar por qué el Sol es una bola de fuego que sobrevive en el espacio cuando allí no hay oxígeno.

Lista  Indómita  Locuaz  Imposible  Tenaz  Hermosa

Canta, pequeña mía, y deja que el mundo entero quede inmerso bajo una capa de oscuridad donde lo único que brille sean tus ojos miel.”

Dos golpes en la puerta en forma de llamada me sobresaltaron de la cama. ¿Quién sería a estas horas de la madrugada? Debía reconocer que una atmósfera extraña me asustó lo suficiente como para esperar que volviesen a llamar para levantarme de la cama. Inseguro y con lentitud me fui aproximando a la puerta. La mano que agarraba el pomo temblaba nerviosa. Todo yo lo estaba. Abrí decidido a decirle a quien fuese que se fuera a la mierda por llamar a estas horas. La figura estilizada de una chica cuyos ojos competían con la luz de mi lámpara, emergió entre la oscuridad de rellano. Se apartó el pelo de la cara y sonrió. Su sonrisa eclipsaba a la Elizabeth de mi imaginación. Lilith era mucho mejor que ella.

-¿Qué... qué estás haciendo... aquí?- No podía articular palabra ante semejante belleza.

-¿Puedo entrar? Tengo frío.- Se abrazó a ella misma tapando sus brazos desnudos apenas cubiertos por una enorme camiseta.

-¡Oh! Lo... lo siento. Entra, entra.- ¡Dios, pensaría que era estúpido! ¡¿Cómo no le había dicho que pasase?!

Entró observando cada rincón de mi apartamento. Podría sonar a gilipollez pero juraría que aquello a lo que miraba se iluminaba ante ella. Se sentó en el sofá acurrucada aún entre sus propios brazos. Su pelo rubio caía por su espalda dando a su postura un toque de ternura.

-Siéntate conmigo, Nate.- Dejé de mirarla y avancé hasta sentarme junto a ella. Su mano acarició la mía que estaba apoyada en el asiento. Me recorrieron escalofríos cuando su piel tan fría y suave hizo un lento recorrido por mi mano.- ¿Puedo pasar la noche aquí?- Mis ojos se abrieron de par en par intentando asimilar cada sílaba de aquella pregunta. Tragué saliva antes de ser consciente de que esto no era un sueño.

-¿Pa... pa... pasar la noche a... aquí?- Me faltaba poco para empezar a dar saltos de alegría por tenerla más de dos minutos bajo mi mismo techo aunque todo me sonaba un tanto extraño.- ¿Y tus hermanos? No sé, ¿no se preocuparán si no vuelves?- Negó con la cabeza y se volvió a mirarme. Sus ojos estaban rojos como si hubiese estado llorando y había empezado a temblar débilmente.

-No te preocupes.- Cuando quise darme cuenta, la tenía encima de mí. Me recosté en el sofá intentando deshacerme del contacto que ella se esforzaba en conseguir.

-No creo que...

-¿Por qué te empeñas en evitar aquello que deseas? Has estado esperando este momento, Nate.- Se quitó la enorme camiseta y tras olerla con los ojos cerrados, la tiró con rabia.

-Claro que quiero esto, simplemente no sé si está bien.- Se inclinó hasta que sus labios casi tocaron los míos. Su aliento se mezclaba con mi agitada respiración en una parsimonia aplastante.

-Házmelo.- Dejé de pensar o, más bien, me perdí en sus ojos que afirmaban su palabras. La agarré y la atraje hacia mí besándola como tantas noches había imaginado hacerlo.

En menos de cinco minutos estábamos en ropa interior deborándonos literalmente. Lo que empezaron siendo pequeños mordiscos por su parte se convirtieron en bocados que dejarían marca mañana y que ella se encargaba de lamer más tarde. Quería más de todo eso, quería más de ella, quería a Lilith...

Sus manos se despojaron de lo último que todavía cubría su suave y blanca piel. Nos habíamos visto envueltos en un espiral de juegos sexuales y lujuria como nunca antes había experimentado.

Cuando nos hicimos uno perdí lo poco de cordura que me quedaba. Se movía segura de lo que hacía como si la dulce Lilith hubiese desaparecido para que apareciese la parte oculta de aquel ángel. Por otro lado, yo también perdí al Nate que se suponía que siempre hacía lo que consideraba correcto, para encontrar a ese Nate que había sido enterrado hacía mucho tiempo. Ese Nate tenía ganas de vivir, estaba alegre, reía... era feliz. Ella me hacía feliz.

Mientras que nuestros cuerpos se movían al unísono de nuestros gemidos, creí escuchar una canción a la que no le di importancia. Era la voz de una niña gimoteando. Era tan clara y triste que abrumaba... ¿Lilith estaba cantando?

Sueña con ternuras de mamá,
alejando miedos, trayendo calma.
Sueña con abrazos de papá,
cubriendo el frío de tu alma.



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